10 septiembre, 2006

Del domingo de los dos difuntos

erca de las ocho eran cuando salió Su Ilustrísima (muy a su pesar) solo, a la misa, e volvió en diciendo que habíase hecho una Exaltación de la Cruz que no olvidaría en mucho tiempo.

Llegada la hora del desayuno, todos nos sentamos a la mesa, e pidió misericordia don Juan por aquellas dos almas que no la merecían. E pasada la noche en vela, se pasó también el sueño e fuéronse los pequeños a remojar en las aguas. Iba el ambiente volviendo a lo normal (sin olvidar tan malos momentos nocturnos), e Marcos recuperó la su color.

Sentados estábamos donde siempre lo hacíamos, cuando me puse en pié, quité toda mi ropa e corrí al agua por dar juego a los pequeños. “Fuerte estáis, capitán, dijo Fermín”.

E cuando salí de las aguas, observé la mirada de extraño de Marcos e de don Juan. Llegué a mi asiento e pedí algún refresco para todos. Así, dijo Marcos en mirándome todo el cuerpo:

“¡A fe, capitán, que si esto no veo con mis propios ojos, no puedo creerlo; que vuestro cuerpo parece no haber sufrido herida alguna!”.

“Algo nuevo sabemos – le dije besándole ante la mirada atónita de don Juan -, que si hanse curado las heridas en dos días es señal de que el sello ha perdido su efecto”.

“No es necesario lo juréis, que a simple vista se ve – observó don Juan -. Bien me parece que aún nos queda la duda de vuestra longevidad, pero permitidme deciros que juraría, y eso sabéis no hago, que herida alguna habéis sufrido”.

“No ha vuelto la guardia a pedir más datos – dijo el inspector -. Ya sabéis que a salvo estáis de muchas cosas que otros no están”.

“Pondríame yo unas calzonas, inspector – respondíle – e daríame un buen baño por olvidar a esos dos finados malintencionados”.

E ante el asombro de todos, levantóse, quitóse toda la ropa, lavó su sudor en las que llaman «duchas» e púsose a jugar con los pequeños: “Al que me agarre, le doy un premio”.

En Grazalema y a diez de septiembre del año de dos mil e seis.

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