la hora prevista, muy temprano, todos nos hallábamos ya en el salón esperando el desayuno y a Marcos que terminaba de asear a los pequeños e al señor inspector, que dijo subiría a casa a pié e llegó con ahogos. Poco después, nos sentamos todos a la mesa cual lo hicimos el día anterior e, comenzado el refectorio, dijo el inspector (dirigiéndose más a mí que a los demás):“El silencio deste pueblo estremece, mas ayuda a la reflexión. Trazar e organizar en mi mente tantas ideas, me ha llevado media noche, mas creo mis ideas pudieran ser de razón. No sé si habéis olvidado la fórmula para obtener esa «eterna juventud», o si cosa alguna os ha hecho perder esa facultad. Según veo vuestras heridas, paréceme ha cambiado, como decís, el estado de vuestro cuerpo”.
“Sin duda – le dije – es la primera vez en muchos años que las llagas permanecen en mi piel más de dos días. E quitadas las llagas, no quedaba rastro. También es la primera vez que siento el dolor de las heridas e tomo medicamentos modernos para paliarlos. Sin duda, inspector, sin duda, algo ha cambiado”.
“Descubrirlo – continuó – no es cosa esencial; mas sí se podría averiguar por qué agora esto acontece. ¿Qué cosa habéis hecho que no hayáis hecho antes?”.
E no podía sacar de mis pensamientos la razón del cambio e de otras cosa hablamos hasta terminado el desayuno.
Ya sentados en el salón, di licencia a los pequeños para jugar en su dormitorio con sus máquinas hasta la hora del baño, e seguimos nosotros intentando averiguar el motivo de los cambios. Decía el inspector pudiera ser hubiese yo tomado alguna cosa especial o hubiese quitado mis ropas de siempre, mas aparecían dudas que echaban por tierra tales pensamientos.
Bajando los niños ya cerca de las once, vino Marinín a abrazarse a mi lado y Diego Jesús abrazó a su abuelo. En esto, dijo el inspector:
“Sé que el remedio no está escrito, mas debe haber algún documento que aclare lo ocurrido entre todo el papel que habéis leído”.
E sin pensar otra cosa y al punto, dijo Marinín:
“Documento hay que dice horas e años, mas a éstos no dais importancia. Leyera yo otra vez ese papel e aclarare lo ocurrido con vuestro hermano, papá. Acaso el inspector, viendo las cosas desde León, diese con la clave”.
“¿De qué documento habla este chiquillo y qué cosa dice de vuestro hermano? – preguntó el inspector muy asombrado –. Si calláis ciertos datos, dificultoso me parece encontremos la verdad”.
“Una carta hay – dijo Marcos – que nadie entiende, sino el propio capitán e su hijo, que escrita está en clave e antes aprendería yo a hablar chino que a descubrir lo que dice. Es carta sin data ni rúbrica, pero es seguro está escrita por don Álvar Núñez para el capitán”.
“¿Podría leerse? – dijo el inspector con asombro –. Tal vez uniendo los hilos saquemos un ovillo”.
“La tal carta es tan complicada – dije – que fue Marinín quien creyó descubrir en ella algunas cosas”.
“Leamos desde León – sugirió Marinín –; que las cosas se ven a veces más claras desde lejos”.
En Grazalema y a ocho de septiembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario