uise saber lo que en la cabecita de cada niño se escondía sobre sus estudios en la escuela e citélos por separado en mi bufete.Entró primero Diego Jesús sonriente, acercóse a mí rompiendo todo protocolo, e besóme en silencio. Sentado luego al otro lado de la mesa, dijo estar de gran contento de volver a esa escuela mas con dos amigos nuevos.
Pasó luego Fermín, mucho más tímido, e pidió licencia para sentarse. Así le dije que en su casa estaba e le pregunté qué sentía al saber iría con sus amigos a la mesma escuela e que ésta era escuela muy importante. E hubo poca pero suficiente respuesta: “Tal cosa no imaginaba iba a sucederme en mi vida”.
E platiqué un poco con Marinín e todas sus respuestas eran como de hombre adulto. Estudiar quería todo aquello que pudiese, que (ya a su corta edad) pensaba que aquellos conocimientos le iban a hacer un hombre importante.
Dio aviso don Diego por teléfono por saber si su nieto se encontraba de contento y, en diciéndole que cumplía sus obligaciones sin necesidad de insistir en ello e que se sentía como en su casa e con sus amigos mejores, quedóse muy asombrado, que no era Diego Jesús niño de acomodo fácil.
Tras el almuerzo, vi en la cara de Marinín asomar el susto:
“¿Qué os pasa? – preguntéle -. Acaso os ha sentado mal el almuerzo. Decidme”.
“No es aqueso, papá – contestó – sino que en mi mano tengo el diente que se caía. Os aseguro yo no he tirado dél”.
“E yo os creo – respondíle –. No hay más que mirar vuestro rostro. Pusiéralo yo dentro de poco bajo la almohada; el ratón Pérez sabrá que traeros a cambio”.
“¿E debo ponerle algo de comer?”.
En Sevilla y a catorce de septiembre del año de dos mil e seis.


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