18 septiembre, 2006

Del comienzo de otra amenaza y la demostración de mi destreza

ensamos Marcos e yo no poner a los niños el uniforme, cerrar bien la casa y esperar nuevas noticias. E sintiéronse tristes por no entender lo que acaescía, les dije que pasaríamos el día en casa e Marcos jugaría con ellos a muchas cosas e yo les mostraría algunas que nunca habían visto. E a media mañana, echada la vela en el patio por evitar el calor que había, les haría una demostración de cómo un solo hombre e una sola espada pueden hacer muchas cosas.

Algo notaba Fermín e yo lo notaba en su rostro e plugué al Cielo porque no quisiese ver a su madre, que según se me dijo, no había otra solución que llevarlo al pueblo a verla. Más tranquilo parecía Diego Jesús e pensé no decir nada a su abuelo hasta no comprobado lo que ocurría. E Marinín andaba siempre más cerca de mí que otras veces. Marcos intentaba hacerles feliz con fiestas e alegrías e parecía conseguir se olvidasen de que alguna cosa pasaba; e Chuti le ayudaba en tales menesteres.

E porque no sintiesen los niños amenaza alguna e por darles seguridad, les dije:

“Veréis agora a un hombre convertido en ejército con una sola espada (a capa y espada, que dicen agora)”.

E portando mis ropas de capitán, pluma roja en el sombrero, capa negra larga con escudo blanco de la Orden de Calatrava, cinto ancho e largas calzas e botas, los senté a todos en los mimbres del patio (Marcos parecía no entender nada), cerca de la puerta del comedor para tener todo el sitio libre. E ya sabía Chuti qué cosas habría de preparar para tales menesteres, que no era la primera vez que me era de ayuda para hacerlo.

En unas cuatro mesas puso hasta once palmatorias con velas apagadas; junto a estas, y a su derecha, un asta larga de madera de hasta dos metros en altura con una bandera negra encima; al otro lado, e muy bajo, casi en el suelo, un plato con un huevo crudo, e al lado contrario (casi a cinco metros) un trozo de corcho de poco peso con hasta seis puntas muy pequeñas clavadas (desas que llaman alfileres las costureras).

Hice una presentación corta en diciendo:

“Atención habéis de prestar, que con tal rapidez habréis de mover los ojos por ver lo que hago, que si no me seguís, no pienso repetir esta prueba. Cuando encienda Chuti la undécima vela e se retire un paso, poned toda la atención”.

E fue Chuti encendiendo cada vela, que a distintas alturas quedaban según se habían quemado, e al encender la última, dio paso atrás con presteza e hice lo siguiente:

Desenvainando mi espada cual rayo, la pasé haciendo curvas sobre las velas cortando cada uno de los pabilos e apagando todas las llamas; subió la hoja a la altura de la pértiga e arrancó la pequeña bandera negra; desplazándose luego por los aires más de tres metros, bajó al plato, levantó con la punta el huevo por los aires e atravesólo de manera tal, que cayó al plato abierto; e recorriendo otros cinto metros al extremo opuesto, cortó los seis alfileres clavados sin mover el corcho. Todo aquello no hubo de durar mucho más de cinco segundos.

“¡Jo, papá! – exclamó Marinín –, que cosa como esta nunca me la habéis mostrado, e casi no podía seguiros en los movimientos”.

“Mas bien parece número de circo – dijo Diego Jesús casi asustado -, que viendo lo que ha pasado ante mis ojos no he visto espada ni movimientos”.

“Truco me parece tiene esto – espetó Marcos -. No me parece más que un juego para los niños”.

“A fe - dijo el pequeño Fermín -, que he visto muchos trucos y esto no me lo parece”.

“Asombrar e matar puedo como unos cuantos hombres juntos ¿A qué asustarse?”.

En Sevilla y a diez y ocho de septiembre del año de dos mil e seis.

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