uvieron que asistir muy de mañana los niños a la escuela pues era día de preparativos. Los tres iban con sus uniformes nuevos e muy de contento e salí al apeadero por decirles adiós. E fue luego nuestro desayuno más tardío e más corto e me preguntaba Marcos cómo había yo tomado compromiso tan grande, que ya un solo niño tiene mucho que cuidar, e así le dije:“Si supiese, amigo, que hay más niños de mente prodigiosa a los que no les es posible pagar lo que valen estos estudios, más niños acogería. O llenaba esta escuela dellos o ponía yo mesmo una para que aprehendiesen sin necesitar de hacer gasto alguno”.
“¿Pensáis dejar – preguntó – entonces de ser un ayuda para la Santa Caridad?”.
“Jamás. Cosa tal he hecho toda mi vida y ya es tiempo de que vuelva a cumplir con lo que hace muchos años prometí. Quiero decir entonces, que así como me entrego a los menesterosos e ancianos me entregaría a estos pequeños que lo necesitaren”.
Y en estas pláticas estábamos cuando sonó la música de mi móvil. Era don Francisco Ibarra, el papá de Fran, el que llamaba. Noté la su voz tranquila e luego de los saludos, dijo:
“Como ayer está Fran, que ni mejoría ni empeoramiento le notamos. ¿Cree vuesa merced es así como debe ir?”.
E sin dar rodeos en mis palabras, le respondí:
“Así como os dije que la enfermedad del pequeño en las fronteras de la vida estaba, os digo con claridad, que de no haber puesto el remedio a tiempo, Fran ya no estaría hoy con nosotros. Demos gracias a Dios, pues el mal, al menos, ha parado. Tengamos agora calma, que necesitamos ocho días para ver los resultados”.
Noté en su voz emoción, e porque se tranquilizase, le dije:
“Acaso hoy no notéis cambio alguno, mas no preocupaos. E si os pidiese algo de tomar…”
Interrumpió lo que le decía y exclamó:
“¿Algo de tomar? ¡Alimento alguno admite su cuerpo! ¿Cómo iba a pedir cosa alguna de tomar?”.
“Hacedme caso – le dije -. Ya sé os puede parecer extraño, mas es posible que hoy mesmo os pida algo de tomar. Si esto es así, la enfermedad aún ha ido más atrás. ¡No deis nada sólido de comer aunque lo pida! Dadle poco a poco, en pequeños sorbos, leche fermentada (desta que llaman yogur). Muy poco en poco; es menester lo que tome quede en su estómago e no lo vomite. Según veáis hace, llamad; e cuantas veces lo creáis necesario”.
Preguntó: “¿Seguro no sois ni habéis sido acaso alguna vez médico?”.
En Sevilla a quince de septiembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario