sí pues, eliminados los dos últimos obstáculos, tomé unas mantas del coche e lleváronse los restos a la colina que me señaló «el chusco». Había ya allí preparada una a modo de estructura de palos y en ella se pusieron los pedazos. En acabando la faena (que muy agradable no fue), volvióse hacia mí «el chusco» sonriente e me dijo:
“¡Ay, capitán! Que tal como habéis dicho «endenante» e yo bien lo he oído, en el infierno debemos tener amigos y en el cielo habremos de haber enemigos”.
E abriendo una especie de zurrón, sacó una placa de metal como la del inspector, me la mostró, e dijo:
“Ser de campo, no es ser ignorante ni inútil. Buscadme si os hace falta; preguntad por «el chusco» e conmigo daréis, que en la Ribera del Gaidóvar que pisáis, estáis a salvo”.
E dando luego la vuelta, comenzó a bajar la trocha, detúvose e volvióse gritando:
“¡Mis recuerdos para el leonés!”.
Y caminando lentamente, sacó un móvil e hizo una llamada.
Corrí al coche e vi primero cómo se encontraba Marcos. Rociéle la frente y el cuerpo con agua fresca e grité: “¡El capitán ha acabado su faena! ¡Todos fuera!”. E le dije a Marcos diese aviso al Hospital por decir «todo se había arreglado mas sin dar detalles.
E de debajo de las mantas e sábanas, salieron mis tres pequeños e Su Ilustrísima con la sotana llena de vómitos de Fermín.
“En quitaros esa sotana – le dije – hago hincapié muchas veces. Por vuestra comodidad e por la nuestra… Subamos hasta la fuente, refresquémonos e descansemos hasta el domingo en la casa”.
Llegados que fuimos al pueblo, pidió don Juan entrásemos en la iglesia de Santa María por dar gracias a Dios e pedir también por el alma de aquellos enemigos (aunque a mí siempre me habían parecido desalmados).
Subimos a la casa e nos aseamos todos. El servicio no creía lo que veía, que estar allí no era de razón. “Ya os daré las razones necesarias, les dije”.
E como así se dice que el agua purifica el cuerpo y el alma, todos nos dimos un baño, mas tuvo don Juan que ponerse otra ropa adecuada mientras le lavaban la sotana para sentarse en los mimbres del jardín y distraerse en sus lecturas..
En Grazalema y a veinte de septiembre del año de dos mil e seis.
“¡Ay, capitán! Que tal como habéis dicho «endenante» e yo bien lo he oído, en el infierno debemos tener amigos y en el cielo habremos de haber enemigos”.
E abriendo una especie de zurrón, sacó una placa de metal como la del inspector, me la mostró, e dijo:
“Ser de campo, no es ser ignorante ni inútil. Buscadme si os hace falta; preguntad por «el chusco» e conmigo daréis, que en la Ribera del Gaidóvar que pisáis, estáis a salvo”.
E dando luego la vuelta, comenzó a bajar la trocha, detúvose e volvióse gritando:
“¡Mis recuerdos para el leonés!”.
Y caminando lentamente, sacó un móvil e hizo una llamada.
Corrí al coche e vi primero cómo se encontraba Marcos. Rociéle la frente y el cuerpo con agua fresca e grité: “¡El capitán ha acabado su faena! ¡Todos fuera!”. E le dije a Marcos diese aviso al Hospital por decir «todo se había arreglado mas sin dar detalles.
E de debajo de las mantas e sábanas, salieron mis tres pequeños e Su Ilustrísima con la sotana llena de vómitos de Fermín.
“En quitaros esa sotana – le dije – hago hincapié muchas veces. Por vuestra comodidad e por la nuestra… Subamos hasta la fuente, refresquémonos e descansemos hasta el domingo en la casa”.
Llegados que fuimos al pueblo, pidió don Juan entrásemos en la iglesia de Santa María por dar gracias a Dios e pedir también por el alma de aquellos enemigos (aunque a mí siempre me habían parecido desalmados).
Subimos a la casa e nos aseamos todos. El servicio no creía lo que veía, que estar allí no era de razón. “Ya os daré las razones necesarias, les dije”.
E como así se dice que el agua purifica el cuerpo y el alma, todos nos dimos un baño, mas tuvo don Juan que ponerse otra ropa adecuada mientras le lavaban la sotana para sentarse en los mimbres del jardín y distraerse en sus lecturas..
En Grazalema y a veinte de septiembre del año de dos mil e seis.



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