20 septiembre, 2006

Del cómo se fizo la celada (1/2)

l trazado fue simple, pues no había más que ir todos al Hospital de la Caridad a primeras horas de la mañana, de forma que se nos viera claramente desplazarnos juntos al salir del apeadero llevando yo mi vistoso uniforme. E así fuimos hasta entrar con el coche en el Hospital. Luego, escondidos en la parte más baja del coche (y de forma no muy cómoda) se puso a los niños e a don Juan en la parte trasera. Cambiéme a las ropas modernas, dejé el móvil encendido allí ofreciéndose un hermano a contestar a las llamadas que se hicieran desde el teléfono de Marcos; deste modo, parecería yo seguía en el Hospital. Escondíme en el suelo de la parte delantera del coche e fui tapado con unas sábanas. Partiría Marcos solo (aparentemente) a Grazalema teniendo siempre mucho cuidado de si era perseguido. Los Hermanos de la Santa Caridad pusieron a mi disposición todo cuanto nos hizo falta. Sólo quedaba saber si estas dos carroñas perseguirían a Marcos por capturarlo estando ya solo en la carretera o en el pueblo.

El riesgo era grande, el viaje poco placentero. Sabíamos nuestros teléfonos iban a estar controlados e los hombres tenían siempre un coche cerca para desplazarse a un lado o a otro con los artilugios necesarios para todas estas labores.

Mas, creyendo les era imposible entrar en el Hospital, decidieron ir al secuestro de Marcos. Desta forma, hizo éste un viaje a poca velocidad, paró en la Venta del Tikutín (no sin riesgo) dejándonos en el coche e haciendo una llamada a mi teléfono e diciendo dónde estaba. Siguió luego camino a Grazalema rodeando la laguna de Zahara e, viendo luego se acercaban al coche peligrosamente, puso una marcha muy rápida e giró en el Cruce de los Perales tal como ya lo hiciera una vez. Desta forma, esperaban volviese hacia abajo para encontrarse de frente con ellos, como así se hizo en el otro viaje, mas puso freno al coche quedando éste en medio de la carretera e no permitiendo paso alguno ni hacia arriba ni hacia abajo; no parecía ibamos el capitán ni los niños ni don Juan con él, que viaje así es dificultoso de soportar. Al retorcer la carretera en una loma, viéronse con el coche parado e Marcos junto a la puerta mirando hacia ellos e hicieron una parada al punto. Detuvieron el coche e intentaron entonces acercarse por retenerlo, mas fue cuando se abrió la otra puerta y asomó primero la punta de una brillante espada e luego el capitán con sus ropas modernas e con un puñal en la otra mano. E dando dos pasos hacia ellos les grité ( e mi voz la repitió el eco de los montes):

“A la Pá e Dio [A la Paz de Dios], señores. ¡Sorpresa! Habréis de cambiar los planes que en mente traíais. Os lo aclaro; intentad agredirme e os haré rodajas apetitosas para los buitres, que si disparáis hacia mí, sin capitán ni secreto os quedáis. Intentad otrosí hacer daño a don Marcos e os haré, mejor, carne picada. Otra oportunidad os doy como sugerencia: volved e intentad entrar en el Hospital por capturar a algún niño”.

E con voz titubeante dijo uno dellos:

“¿Capitán, qué decís? ¡Que de la guardia somos!”.

“Sin duda – le dije –, que hasta en el infierno hay amigos y en el cielo enemigos”.

Y en diciendo esto adelanté otros dos pasos, de tal forma, que avanzando una pierna llegase mi espada hasta ellos. Hicieron gesto de retroceder, mas levanté bien visible mi puñal, lo arrojé con fuerza entre los dos, e lo dejé clavado exactamente en el centro del escudo que delante traía su coche, e viendo entrambos esto, quisieron correr atrás, mas no pensaron tendrían que dar la vuelta en tan estrecha carretera para huir, e quedaron vacilantes. Adelantando entonces mi pierna en paso largo, no tuve más remedio que cortar los dedos que sujetaban cada uno de los pistoletes que portaban con la punta de mi espada; e quedaron suspensos mirando sus manos sangrantes. Y en menos de un segundo, ambos estaban atravesados por donde no hay cura posible.

En esto, pasó por allí el gentil campesino llamado «el chusco»:

“¡A la Pá e Dio, capitán! ¿Traéis ya más comida para los pajarracos? ¡Mirad que muy gordos van a ponerse e harán nidadas más grandes! Os ayudaré a preparar la carnaza, que veo la color de la cara de vuestro compañero e solo será mucho peso para vuestras espaldas”.

E mirándome Marcos suspenso, blanco e agarrado al coche, le dije:

“Pasad e sentaos en el coche porque os de el fresco. El resto lo haremos nosotros; no habed cuidado”.

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