30 septiembre, 2006

Del brote de los milagrosos rosales de Mañara

irando al jardín estábamos, que con tanta herida no habría baño en este descanso, cuando se acercó Diego Jesús al flanco donde plantase don Juan los esquejes de los rosales de Mañara, e llegando a ellos dijo en voz alta:

“Paréceme estos palos están echando bellotas”.

E salió don Juan a priesa a verlos levantándose la sotana por no caer e, al llegar al lugar, exclamó:

¡Oh, Dios Santo y Bendito!, que pensaba eran milagrosos estos rosales pero no hasta este punto, ¡que han comenzado a brotar!”.

E todos fuimos al lugar por ver aquello. En los palos de los esquejes veíanse brotes verdosos pareciendo así iban a salir hojas e flores.

“Os lo dije, Ilustrísima – comenté -; son los rosales del venerable. Cuando estuvo en Ronda sembró varios plantones en los arriates de la casa e siguen creciendo tres siglos después. Desas mesmas ramas se llevó luego a Sevilla hasta ocho al morir su esposa e los plantó en sendas macetas de cerámica en su palacio de la Calle Levíes y en el año de 1670. Dejando luego su fortuna e sus posesiones a la familia, mudóse al Hospital por vivir retirado e morando en una muy humilde celda en la parte alta. Allí se sabe puso hasta seis macetas florecidas. En 1802, se bajaron las macetas a un patio donde se puso su busto; e tres siglos después siguen floreciendo. Siempre he pensado esas rosas llegaron a Sevilla desde Ronda”.

“¡Dios Bendito!, que después de su vida entregada a los pobres, menesterosos e ajusticiados aún no se le ha subido a los altares. La Iglesia es muy estricta en eso, que no hay milagros demostrados deste hombre, mas esto paréceme prueba de su mano guiada por el Santísimo”.

“Así ha de ser – espetó Marcos –, mas aún no nos ha guiado el capitán a ver esos rosales milagrosos del Hospital”.

“En la casa de Ronda los habéis visto – respondíle -, mas también veréis los sembrados por él mesmo en las macetas que se hallan en el Hospital y, si esto no sabíais, en mi patio hay una maceta dellos”.

E oyóse desde la casa la campanilla que nos llamaba al almuerzo.

“Una misa he de hacer aquí en honor deste hombre venerable que ya debería ser santo – murmuró Su Ilustrísima -.”.

E Antonio murmuró a Fermín tras de mí:

“¡Pues no sé qué veis de milagroso en que brote un rosal!”.

“Esos palos de ahí – le contestó Fermín - deberían haber sido sembrados en febrero para que brotasen e no hace unas semanas. Y cada palo tiene trescientos años”.

“¡Joder! ¡Hijo de p…!".

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

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