06 septiembre, 2006

Del almuerzo de los juegos de palabras

lmorzábamos un exquisito cocido de verduras e algunas otras viandas que nos mantenían muy callados por lo gustoso de los manjares, e dijo don Diego entre bocado y bocado:

“Algún capote habré de echaros, que aún me siento ágil y quisiera dar algunas verónicas con vuesas mercedes en todo esta corrida”.

“Tal corrida – dijo Marcos – no me gustaría perderme”.

“Más de una estocada – dije – se llevará alguno, que creo están demasiado seguros de coger al toro por los cuernos”.

“Ya sabéis qué hacer – repuso Marcos –, tomad vuestros trastos de matar e agarraos a ellos como a clavo candente e si es cierto pensáis vendrá el inspector aquí ¿a qué molestarse en ir a León?. Si viene Mahoma, dejemos la montaña en su sitio”.

“Y el vuelo en esas naves me ahorro – contesté – que prefiero no saber qué se siente, sino que en sabiendo ya (y bastante bien) lo que se siente en el otro «ave», satisfecho me quedo”.

“Así, además – dijo don Diego – haréis realidad aquello del pájaro en la mano y los ciento volando. Mejor venga uno que no vayan dos”.

“¿Veis, Marinín – le dije – como no todas las aves son iguales? Dice el refrán que pájaro que vuela, a la cazuela; y con ello no comulgo, que vuelan los buitres e los prefiero bien alejados (de la cazuela).

“¡Pues mi pájaro no se toca! – dijo Marinín e todos quedamos en suspenso –“.

“E… – dijo Su Ilustrísima - ¿ha tocado alguien vuestro pájaro?”.

“Nadie hasta agora, Ilustrísima – dijo –, pero bien me sé que a más de uno le gustaría saborearlo, que la carne de perdiz es bien rica”.

“Ahhh – dijo Marcos –, que creí hablabais de otro «pájaro»”.

“Dejemos a los pájaros en sus jaulas – espeté – e metamos al pájaro que nos atañe en lugar de donde no salga. Haremos un trazado e todo entrará en su sitio”.

“Recibamos – apuntó Marcos – a este inspector leonés como siempre se le ha recebido, que no ha de poder dar quejas de nuestra hospitalidad e nos debe un gran favor. Mas si anda metido en el ajo (cosa que me extraña), ajo le daremos, que el que se pica, ajos come”.

“Paréceme – pensó en voz alta don Juan – que es esto, más que un almuerzo, una cena mafiosa donde todo en clave se habla”.

En Grazalema y a cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

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