29 septiembre, 2006

De un viaje de saltamontes a Grazalema

ije a Marcos parase a un lado de la carretera e me adentré en un pequeño bosque muy frondoso. A poco estábamos ya de Algodonales e habríamos de seguir hacia Grazalema por disfrutar el resto de la tarde e la noche. Tomé aquellas plantas que me iban a ser de utilidad e las puse en mi bolsa y, en ello estaba, cuando vi moverse a un pequeño saltamontes. Hacia él me fui de espacio y quedo e lo tomé con cuidado. Al entrar en el coche, dije:

“Ya parecíame que a alguno de vosotros iba yo a encontrar entre tanto follaje”.

E abriendo la mano, les enseñé lo encontrado e hubo gran fiesta e alboroto. Tomólo Fermín con cuidado en su mano e dijo:

“Paréceme saber qué nombre le vamos a poner, capitán”.

“¡Eh, tú! – le dijo Diego Jesús –; una lagartija he de buscar y bautizarla con otro nombre que yo sé.

“Erráis, Diego – contestóle Fermín –, que el nombre que tengo en mente es Raúl”.

E hubo grandes risas e hicieron planes para hacerle una casita a Raúl e así nos fuimos acercando a Grazalema y, en llegando a la casa, vino Cayetano y parte del servicio a ver a los niños e preguntaron lo ocurrido al ver las heridas, mas nadie dio explicación de lo sucedido, sino que se dijo se habían caído jugando. Así, saqué yo de mi bolsa algunas hojas verdes e mostrélas en diciendo:

“Yo mesmo he de curarlos, que estos médicos de agora o te pinchan o te hacen tragar amargas pastas e nada curan”.

E acercándose María a Marinín, lo abrazó e besó e le tomó la cara mirándole a los ojos y diciendo:

“Aún con esa costura en la frente, eres digno de ser admirado”.

En Grazalema y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

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