parecieron los pequeños a toda priesa bajando las escaleras e les advertí bajasen de espacio. Acercóse primero a mí Marinín e, poniendo su pié sobre mi pierna, me dijo:“Papá. Atadme los cordones, que no quiero caer”.
E viendo esto y que el otro venía de la mesma guisa, les dije:
“Os he comprado calzados con esas cintas que se pegan solas y os empeñáis en poneros estos. Me parece, Marinín, va siendo hora de que aprendáis a atar estos cordones, que difícil no es”.
“Pues a Diego Jesús – dijo – habréis de atarlos también, que tampoco sabe e los vamos pisando”.
“Os romperéis la boca – espetó don Diego – e seguiréis usando estos calzados. A ver, Diego Jesús, acercaos que os los ate e prestad atención a cómo se hace. Vos, capitán – me dijo –, lo mesmo deberíais hacer con vuestro crío, pues ya que no usan los zapatos de las cintas, deben saber cómo atarse los cordones destos”.
E pensando yo un poco en cómo los habría aseado Marcos, les pregunté:
“Alguien os ha metido en el baño, os ha aseado y os ha vestido ¿por qué no ha atado estos cordones antes de que bajéis las escaleras?”.
Hubo una pieza de silencio e de miradas e dijo al fin Marinín:
“Habréis de excusarnos, papá, que hase empeñado Marcos en ponernos los otros e, terminado el aseo, los hemos cambiado”.
“No entiendo por qué hacéis tales cosas – les dije –. Basta con decirle a Marcos que os ate estos bien”.
“Son estos – dijo Diego Jesús – más cómodos e fáciles de quitar para el baño, mas tío Marcos se empeña en que usemos los otros. Es más cómodo no tener que atar cuatro zapatos”.
“Cierto es lo que decís – contestéle – mas también es cierto que es más fácil llevar unos zapatos cómodos e que otros los aten. Sea pues la última vez que esto ocurra. Cuando baje tío Marcos aprenderéis a atarlos por vosotros mesmos si tan cómodos os parecen”.
En Grazalema y a cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.


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