30 septiembre, 2006

De los frutos que nos ofreció don Antonio

entados ya los adultos en derredor de Su Ilustrísima e oyendo sus razones, fuése corriendo (cuesta arriba como es uso en este pueblo) a cambiar su atuendo. E preguntó don Juan al padre de Antonio:

“¿A qué cosa os dedicáis?, que vuestro oficio no sabemos e sí el de vuestro ejemplar hijo”.

“Una pequeña huerta tengo – dijo - e algún bicho que cuidar e que nos dé huevos e carne; e un puesto en el mercado, que buena fruta e legumbre poseo”.

“No quiero seros de estorbo – manifesté al punto – mas bien me gustaría trajerais vos esas mercancías vuestras que comprarlas a otro. Preguntad agora a María, nuestra cocinera, e acordad con ella lo que haya menester. E así, traed vos los alimentos que podamos consumir”.

“Al punto lo haré – comentó con entusiasmo – e yo mesmo os serviré a casa lo que necesitéis de lo que vendo”.

“No corramos tanto – le dije con un punto de humor -, que hay mucho día por delante e muchos días más en todo el año. Traed lo que penséis puede agradarnos e cobrad el precio del mercado; e un poco más por el servicio a domicilio”.

“Abusar no quiero deste servicio a domicilio – espetó don Juan – mas llevaríame yo para Ronda algunas legumbres e verduras e frutas… e si aún tenéis alguna «hinchona» que llevarse a la boca…”.

“Hinchonas me quedan, monseñor – dijo don Antonio –, e muy buenas; mas esas os las llevaréis como regalo que quiero haceros”.

“¡Dios Santo! – exclamó Su Ilustrísima –, que en mi vida he recebido tal regalo e tan apetitoso”.

“Os acompañaría – le dije al punto –, si ello no os es molestia, a vuestra propia huerta por ver lo que allí habéis e ayudaros a traer esos frutos”.

“No he de permitir – dijo con agrado don Antonio – que un capitán cargue con algo que no sea su espada (miró hacia la empuñadura), que tengo una bestia e ahí será puesta la carga. Si la huerta queréis ver e observar cómo tomo los frutos de la tierra en ese instante, mi pequeño terreno habéis a vuestra disposición”.

“Así sea – concluí –, mas permitidme que yo mesmo coja algún fruto, lo guarde, e lo coma sabiendo lo he tomado yo mesmo de la naturaleza”.

“¡Quién diría que a estas alturas del siglo XXI aún pueden hacerse cosas tales! - espetó don Juan -. Si por mis dolamas no fuese, yo mesmo tomaba un azadón e me traía algún fruto fresco de la tierra”.

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

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