eguía teniendo los dolores aún esta mañana e dióme Marcos las medicinas para tomar en el desayuno. Así le dije:“En verdad, en verdad, os digo que alguna cosa me han dado o me han hecho que no conozco, pues nunca he tenido los dolores tan fuertes ni han durado tanto”.
“Pienso – razonó Marcos – que si siguen más de una semana iremos a que os vea uno destos médicos. Él sabrá cómo remediarlos”.
E le decía yo que poca confianza (por no decirle ninguna) me merecían estos nuevos doctores, e riendo, me dijo que tal vez tuviese fe en don Fernando. En ese instante, pasó por mi cabeza cosa que no parecía de razón, mas manifestéla a Marcos:
“Puestos en la duda de los autores desta trama contra mí, también dudo de don Fernando, aunque mi sobrino sea. Creo habré de llamarle e hacerle algunas preguntas, que, como dice don Diego, el toro el más fuerte pero el hombre es más inteligente”.
Pareció Marcos no entender lo que le decía e, con estas pláticas llegamos a la mesa.
“Si no estuviesen las cosas en situación tan delicada – dijo don Diego – os llevaría a todos a las fiestas goyescas de Ronda, que os parecería viajar atrás en el tiempo. No es sólo mi afición a la lidia lo allí me atrae, sino el ambiente callejero, con los hombres de a caballo que parecen bandoleros e las damas con ricas ropas de antaño e las calesas e otras muchas cosas que no son de narrar, sino de ver”.
“Pudiera ser – le dije – que al haber más gente e algunas dellas de gran importancia, haya más guardia y esté todo más vigilado”.
“Así pudiera ser – dijo don Diego – mas no arriesgaría yo la cabeza de nadie entre tanta multitud”.
“Años llevo en Ronda – dijo don Juan – y he visto el ambiente festivo e tradicional de las calles e la plaza, mas nunca he asistido a una desas corridas”.
“Dejadme entonces – les dije – hacer antes una llamada e luego veremos si podemos asistir a esas fiestas, que a los niños, incluidos nosotros, les hará gran contento”.
“Esas fiestas ya las he visto – dijo Diego Jesús –. Preferiría yo restar aquí en casa con Marinín, que me asusta pensar en ver a aquellos hombres”.
“Aquellos hombres de los que habáis – contestéle – no os van a hacer nada mientras yo esté con vosotros”.
“Quiero creer eso – refutó el pequeño – que la última vez os llevaron lejos e os devolvieron maltrecho”.
“La última vez – le dije un tanto con enfado – había yo empezado a olvidarme de quién soy; agora lo tengo muy claro y espero a nadie se le pase por la cabeza acercarse a nosotros con esas intenciones. En casa restaré con estas ropas modernas, que, a decir verdad, son más cómodas para el descanso e fáciles de quitar, mas, por esa puerta saldrá el capitán con su uniforme e la blanca afilada al cinto”.


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