ajé temprano al salón e allí encontré ya sentado a don Diego, dile los buenos días e sentéme a su lado:“¿Volvéis a Ronda hoy con vuestra esposa – le dije – o pensáis debéis quedaros aquí?”.
“Ninguna de las dos cosas que decís –sonrió – que no he de volver a Ronda aún ni aquí debo quedarme. Son agora mis negocios de venta de ganado llevados por un buen hombre que mis fincas administra, mi señora sabe que he de resolver algunas cuestiones baladíes e más me importa la educación de vuestro hijo e de mi nieto. Si no os es mucho estorbo, un día o dos más aquí restaría por ser de ayuda en lo posible”.
“Vuestra ayuda, don Diego – le respondí –, es de agradecer, mas no quiero temáis en la seguridad de los niños, que sin yo haberlo trazado puede verse mermada”.
“¡Nada de eso! – dijo riendo – que saben los niños lo que hacen. Juega, e no sabemos quién, con vuestros sentimientos, e a mí siempre me tendréis a vuestro lado, que en eso de dar capotazos aún me siento ágil”.
“En poco tiempo bajarán los niños, que está Marcos aseándolos y el desayuno ya nos espera. Por Marcos, todo sea dicho, también temo”.
“Dejadme, capitán – espetó -, deciros que teméis más de lo que es de razón. Nadie sabe dese secreto que decís sabéis; ni los niños ni don Marcos ni don Juan ni yo. ¿Quién puede obtenerlo? ¿Teméis acaso porque la vida de alguno de nosotros corra peligro como secuestro o chantaje para que lo digáis? Pues no tenéis más que proponeros e decir bien claro a los vientos, que pase lo que pase no habrá secreto que valga. ¡Diría yo, que el tal secreto háseme olvidado! Tomad vuestro uniforme e vuestra espada e defended lo que es vuestro; el secreto e las personas que queréis”.
“Sois valiente – le dije entonces – como torero que se echa a la arena y levanta su cara enfrentándose a un toro”.
“Así es – dijo como respuesta -; mas habéis de pensar que el hombre que se enfrenta al toro tiene una arma que el otro no tiene. La inteligencia. E además della tenéis nuestra ayuda. ¡No pienso nos vayan a secuestrar a todos!”.
“Claras tenéis las ideas, don Diego – concluí –, hasta el punto de que habéis aclarado las mías”.
En Grazalema y a cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.


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