mpaciente iba Su Ilustrísima por llegar al pueblo, que la sotana le abriga algo más de la cuenta, mas pasando la que llaman Venta de Los Mojones, que ya cerca de Algodonales se encuentra, comenzó a entrar aire fresco de la sierra, e así dijo don Juan:“Bien conozco Sevilla e bien la temo en verano, que no he visitado ciudad donde el calor quite a uno las ganas de trabajar e hasta de hablar. Por ventura nos acercamos a la Serranía e, si os ponéis muy pesados, hasta un baño me daré”.
E miraba yo por el espejo oculto a la parte trasera del coche e veía Diego Jesús iba muy serio, así, le dije a Marcos parase en la Venta del Tikutín por «estirar las piernas» e tomar algún refresco e un bocado; allí, al frente e a lo lejos, se veía la frondosa e obscura color del bosque del Pinsapar. Ya en la venta, pregunté a los pequeños qué tomarían, pues sabía Marcos e don Juan darían buen cumplimiento a sus manjares preferidos. Marinín me dijo lo que le apetecía, mas Diego Jesús siguió mirando al frente como si no me oyese, su mirada era triste e me pareció ver sus ojos húmedos por alguna lágrima. Con esto, tomándole aparte, lo llevé a la terraza e le dije mirase la belleza del paisaje e luego, pasada una pieza, preguntéle si alguna enfermedad le aquejaba o veíase obligado a ir a Grazalema sin haber mucho contento. Mas no hubo respuesta, sino que alzó sus ojos llorosos, me miró un instante e volvió a la venta.
“Esta familia – decía don Juan al hombre que siempre nos servía – es la que me va a hacer pecar de gula, que no es que me pese hacer un alto en el camino si es en esta venta, sino que tenéis tales manjares que no conozco a nadie pueda negarse a catarlos. En algunas destas pequeñas e maltrechas que no tienen cocinera deberían parar”.
“Padre, – le decía Juan (que así se llama el dueño de la venta) – si decís tales cosas muy alto e a mucha gente habré de cerrar el negocio e dedicarme a otra cosa”.
E volviéndose luego hacia mí con el vaso en la mano, me dijo en baja voz:
“No penséis vais a libraos esta vez de poner claro como luz meridiana lo sucedido, que no quiero sacar el tema a tratar en el coche por hacer el viaje ameno, mas en Grazalema alternaremos los ratos de holganza con los de plática. No me gustan las cosas tan obscuras; aclarémoslas”.
“Así será – le dije –, e alguna otra cosa más creo que habrá que aclarar también, mas deso ya tendréis constancia”.
En Grazalema y a dos de septiembre del año de dos mil e dos.


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