17 septiembre, 2006

De las camas con techo e la gota

ocaron a la puerta antes de la hora esperada en la mañana e di permiso para que entrasen. Venía Marino, que habiendo dormido bien, despertó temprano, pues, decía, ya se había acostumbrado a dormir solo en su cama.

“Tío Marcos e yo nos vamos a levantar ya – le dije – no preocupaos. Volved a la cama y esperad una pieza que agora voy yo a buscaros”.

“¡Ayyy! – dijo el pequeño mirando hacia el techo –, que no sé cómo podéis dormir en estas camas con techo. En una foto de la cama del Emperador don Carlos he visto que también lo tenía; ¡y era negro!”.

“No es techo eso – le respondí –; llámase dosel. Y negro lo tenía el Emperador por guardar luto a su esposa toda su vida, mas este es casi blanco”.

“Me agobiaría – dijo - verme durmiendo e con un techo tan cercano; aunque fuese blanco”.

“Nadie os va a obligar a dormir en una destas camas – respondíle - ¿Queréis agora no pensar en esto e volver a vuestra cama con vuestros compañeros hasta que yo os dé aviso? ¿Sabéis una cosa? Os la contaré e volveréis a la cama hasta que yo os busque. ¡Mirad! ¿Veis que el techo de la cama, el dosel, no llega al techo de la habitación? Pues ahí ponía yo mis remedios para quitar los dolores al Emperador”.

“¡Pobre Emperador! – dijo –, tuvo que morir por esos dolores que llaman la gota. ¿Y qué gota es esa que produce tanto dolor e de adónde cae?”.

“No Marinín – dije ya un poco desesperado –; la gota es una enfermedad dolorosa en los pies, pero no mata. Recordadme luego os cuente lo que le pasó, pues murió por la muerte de un mosquito muy peligroso; de una enfermedad que llámase paludismo”:

“¿De un mosquito decís? – dijo aterrorizado - ¡Líbreme Dios!, que desos hay aquí muchos e les llaman «violines»”.

“Porque no son esos que matan – concluí –. Volved a vuestra cama e acabemos ya esta conversación. ¡Obediencia!”.

En Grazalema y a diez e siete de septiembre del año de dos mil e seis.

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