señalando las piezas del ajedrez que tengo a mano, dijo:“¿Qué misión han de tener los alfiles? Obispos son, según se me ha dicho; sacerdotes al cabo; guardianes. El rey sois vos y (¡joder, vaya unas morcillas que coméis por el sur!), aunque mucha ilusión no me haga el puesto, yo he de ser la reina”.
“Lo de las piezas, inspector – le dije –, lo he entendido; mas no entiendo qué movimiento va a hacer cada una”.
“Volemos con presteza a Madrid e allí daremos mañana mesmo con el rey al que queréis (y debéis) enfrentaros. ¿Cómo un teléfono puede estar agora aquí mesmo e dentro de cinco minutos en Triana?”.
“Eso que tenéis en Madrid que llámase «metro» – le dije - . Mas no entiendo que hace este Andrés todo el día viajando bajo el suelo”.
“No es aquesto que decís, capitán – contestó al punto -, que si bien perdemos la localización de su teléfono durante varios minutos e vuelve luego a aparecer bien lejos, no es por estar viajando bajo el suelo. ¡Viaja por los aires!”.
“¿Qué decís? – me interesé – ¿Vuela acaso este hombre?”.
“«Helicóptero» - me dijo -; así se llama el artilugio que lo eleva en al aire e lo lleva de lado a lado raudo e veloz. Quita el su teléfono e lo vuelve a poner cuando le interesa; locos nos trae”.
“Salta el caballo – le dije – según entiendo, mas algún recorrido repetido ha de hacer e podría localizársele”.
“Dos datos hay – manifestó – pues hasta tres veces hemos sabido estaba en hospitales; dos veces en el de Gregorio Marañón e una en el de La Paz”.
“¿E que hace un «cocóptero» destos en un hospital?”.
“Este hombre – concluyó – lleva por los aires a enfermos a esos hospitales por evitar el tráfego de las calles”.


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