12 septiembre, 2006

De la vuelta a Sevilla para los estudios

odo aquello que en el coche cabía (e no sé si alguna cosa más) se preparó cayendo la tarde e hicimos el viaje en poco más de una hora. En casa estaba todo preparado para estancia de aquellos días.

Don Juan volvióse, un tanto feliz e otro apesadumbrado, a la casa de Ronda e, según me avisó al anochecer por teléfono, con don Diego había estado hablando. A Dolores llamé para decirle que su hijo se encontraba feliz e que recorría pasillos e salones de lado a lado con sus amigos por ver casa tan grande e lujosa.

El dormitorio ya se había preparado en forma distinta para los pequeños, que siendo uno de los más grandes de la planta baja, se prepararon tres camas e tres armarios. Desta forma, les dijimos cada uno debería ordenar e cuidar sus cosas.

Ya bien tarde, e acabada la cena, oí la musiquilla de mi móvil. Era don Diego, que habiendo tramitado ciertas cosas, me comentaba que Fermín podría pasar examen en la mesma escuela que Marinín e Diego Jesús. Preguntado si se podía saber cómo había conseguido aquello, me dijo que uno de los niños que iba a asistir allí, no iba a poder hacerlo por problemas de salud. Así, le dije hablase con don Julio, el director, e le pidiese detalles de tales acontecimientos, que tal vez haría visita al niño que se había indispuesto.

Se había recogido la vela e se disfrutaba en el patio de un frescor único. Incluso me llegaba el olor de la tierra mojada de haber llovido en los campos, e mirando al cielo, veíanse los relámpagos de una lejana tormenta.

“Visitaremos lugares maravillosos – les dije -, que deso a Sevilla le sobra, e iremos preparando cada cosa. Fermín necesitará su ropa e uniforme e libros. Marcos, entonces, me acompañará con él a esos almacenes e los otros dos restaréis en casa con el servicio e iréis preparando vuestras cosas. Quizá venga con algún bulto lleno de regalos que os gusten. Obedecer, ese es el único requisito que hay aquí e bien me parece que los tres lo hacéis bien. A cambio, vendrán cosas que os contenten. ¡Obedeced!”.

“Mi diente – dijo Marinín – se mueve ya tanto que caerá en poco. ¿Llamaréis entonces al ratón Pérez?”.

“A ningún ratón he de llamar – le contesté -, que sabe él mejor que yo cuándo caerá e lo pondréis debajo de vuestra almohada”.

“¿E si lo pongo debajo de otra almohada? – preguntó - ¿Será entonces ese regalo para quien yo quiera?”.

“Ponedlo bajo la vuestra – le aclaré -, que siempre hay tiempo de dar ese regalo a quien queráis lo conserve”.

En Sevilla y a doce de septiembre del año de dos mil e seis.

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