erminadas las curas, encontré a Marcos sorprendido por la belleza de aquel lugar, que ni parecía deste siglo ni estar en el centro de una urbe moderna. E viendo yo le agradaba lo que veía, le prometí volveríamos todos a hacer una visita completa en una mañana más fresca. Así, fuimos andando por la sombra de unas galerías hasta llegar a una pequeña puerta e le dije pasara. Al entrar e notar el frescor, miró hacia arriba:“¡Dios Santo! ¡Que cosa como esta no imaginaba aquí dentro! ¿Es esta la capilla de la que se me habló?”.
“Lo es – le dije -; la capilla de San Jorge, que pertenece al hospital y es maravilla de ver. ¿Os importa acompañarme en alguna oración al Santísimo?”.
“No sólo no me es molestia – contestó - , sino que quisiera acompañaros por dar gracias por haberos encontrado otra vez e pedir vuestra salud mejore en pocos días hasta que estéis normal”.
“Colocaos luego una corta pieza en uno desos bancos, que he de subir a los que se encuentran junto al altar y están éstos reservados para los hermanos. Oremos agora”.
E incluso orando iba mirando cada parte de la capilla, que es maravilla de ver e asombra a quien la visita. Terminadas las oraciones, volvimos a la puerta del hospital, pregunté al guardia por la presencia de algún hermano e me dijo estaban reunidos varios dellos. Con esto, nos despedimos e, tomando la Calle Temprados hacia la del Dos de Mayo, volvimos muy de espacio a la casa. Me llevaba Marcos asido del brazo, que está agora Sevilla toda en obras y es peligroso el ir andando por ella.
Al llegar a la casa, corrió Marinín hacia nosotros junto a Diego Jesús e se abrazaron a nosotros sin hacer mucha fuerza: “Decidme es bien cierto que estas curas no duelen”.
E así, les comenté a todos que sintiendo alguna mejoría y en una mañana más fresca, iríamos a visitar el lugar de donde veníamos.
En Sevilla y a uno de septiembre del año de dos mil e seis.


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