uy temprano por la mañana, pedimos a don Juan e a Chuti cuidasen de los pequeños, pues era intención de Marcos, siendo viernes, llevarme al Hospital de la Caridad por visitar al médico e que viese mis heridas e las curase si fuere menester; desta forma, no tendríamos que volver hasta el lunes.Sabía yo que lo hacía poniendo una gran parte de sí, pues con solo entrar en uno destos sitios llenos de enfermos, se le muda la color o cae redondo al suelo. Bajamos muy de espacio tomados del brazo hasta la Calle Alemanes e de allí anduvimos por García de Vinuesa hasta el Arenal para llegar al hospital.
El guardia de la puerta nos dio la bienvenida, que aún estando yo en ropas modernas e maltrecho conocióme al instante: “¡Hermano Marino, vos por aquí! Pasad”.
Fuimos primero a la parte del hospital entre saludos e muchas preguntas e muchos deseos de pronta recuperación e nos atendió el doctor. Quitó primero mi ropa e, dando espaciosas vueltas a mi en derredor, fue viendo el conjunto de las heridas. No tenía Marcos muy buena cara en viendo tal cosa e así dije:
“Doctor, es mi compañero persona que sólo de ver esto siente mareos e paréceme no ha de pasar un buen rato. Si no os es necesaria su presencia, os pediría yo licencia para que esperase fuera”.
E sabiendo el doctor que hay mucha gente que sufre deste mal, le dijo:
“Salid por ahí, e no os digo que aspiréis bien el aire fresco, que está Sevilla en unos calores poco normales, pues ya a las 10 de la mañana pasamos de los treinta grados. Os aconsejaría yo visitaseis los patios e las partes más cercanas e no os pongáis al sol. Disfrutad de la belleza que ahí os espera”.
Con esto, e saliendo Marcos de allí, me dijo el médico:
“Personas como estas hay muchas, que sólo con oír hablar de agujas o de sangre, caen pálidos al suelo. Mejor será disfrute de lo que va a ver, que por su acento no paréceme de aquí”.
“No, doctor – le dije -, que es conquense e aún no ha visto nada deste hospital, ni siquiera la capilla”.
“Mudo quedará entonces – dijo -, que no sabe lo que desas puertas para adentro se esconde. Y he de deciros que pone el valor que de su parte tiene, pues si es así como decís, hubiese enviado con vos a otra persona por no ver nada desto ni entrar en hospital alguno”.
E viendo que las heridas mejoraban, hizo alguna cura e me dijo le prometiese que volvería el lunes, que en no habiendo complicación alguna, era mejor no pisar el Hospital General.
En Sevilla y a uno de septiembre del año de dos mil e seis.


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