25 septiembre, 2006

De la visita a Fran y el enfado del doctor

aró el coche en la puerta de la casa y entramos todos con nuestras mejores galas y sonrisas por ver al sanado e hacer compaña a sus padres. Hubo grande fiesta e alegrías e subimos de espacio las escaleras y, acercándonos a la puerta, la empujó don Francisco porque se abriera y entraron los niños a ver al enfermo e allí les dejamos, que se preguntaban los nombres e jugaban e reían.

Con esto, bajamos los mayores al salón e ambos padres no sabían cambiar el gesto de su faz e ocultar su alegría, mas el médico, don Sebastián, me miraba con gesto grave e de desagrado.

Trujeron luego algo de beber e bocados que eran manjares e así, le dije a los padres con otra segunda intención:

“No preguntad si soy curandero, que serlo no lo soy; ni milagrero, que para eso están los curas e no todos los hacen. Si el niño hase curado aceptarlo tal como está. Pronto, cuando su cuerpo recupere las fuerzas, lo dejaremos salir a jugar al jardín y, en otro poco, ya arreglaré yo las cosas para que vuelva a la escuela, que su vida ha de seguir”.

“Prometednos, capitán – dijo la madre –, que nos veremos como familia, que paréceme sabe vuesa merced lo que siente una madre cuando ve a su hijo en las puertas de la muerte e luego lo ve vivo e feliz”.

“Así ha de ser, señora – manifesté -, que mi hijo Marino estaría en la tumba agora e conozco esos sentimientos”.

Mas al levantarnos e despedirnos, me tomó el doctor muy de cerca e me dijo casi con enfado:

“¿Qué cosa habéis hecho, vive Dios, que lo que Fran tenía no había remedio alguno?”.

E viendo el camino que llevaban sus intenciones, le dije:

“Decidme vos cómo curáis un resfriado e puediera yo daros algunas pistas”.

“¡En la Facultad de Medicina he estudiado muchos años para ser médico! - gritó. ¡Haced lo mesmo e aprenderéis!”.

E con esta agresiva frase, le respondí en tono suave:

“En la Facultad de la Vida e la Caridad e la Humildad, aprehendí todos estos conocimientos. Id allí, e si pasáis examen (cosa que dudo), estudiad. ¡Son sólo dos siglos de aprendizaje!”.

En Sevilla y a veinte y cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

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