30 septiembre, 2006

De la visita a doña Dolores con los accidentados

pareció poco después Antonio con su nueva ropa e la cara lavada e recién «peinao», e abrazando a su padre, le dijo:

“Mirad, que son bonitas. No habed cuidado, que han de durar. Las usaré para estar con mis amigos e acompañarles a misa con Su Ilustrísima los domingos, si vos me dais licencia”.

“Licencia tenéis, que ya sois mayorcito – replicó el padre – e cuidad de vuestros amigos e aprended dellos, que bien paréceme son educados, obedientes e cultos”.

“La hora ha llegado de hacer visita a doña Dolores – dije al punto – que debe estar esperando a su hijo con ansias”.

“Conozco a doña Dolores desde pequeño – dijo el padre de Antonio – y es mujer trabajadora, de mucha devoción e de carácter muy agradable. No queriendo ser molestia para vuesas mercedes, he de retirarme a casa e dejaros seguir vuestro trazado”.

“Molestia no sois – aclaré –, mas vos sabréis lo que habéis por hacer, que allí estaremos una pieza”.

“A verla iré en otro momento – contestó – que así como ella consume mis frutos yo le compro a ella chacina”.

“Sea pues – gritó Marcos –, subamos a lo alto del pueblo ya o hemos de yantar más tarde de lo preciso”.

Subimos por aquellas calles empinadas dejando a don Juan en casa, que para el descanso e ver a los niños viene e no para andar subiendo cuestas; e así llegamos a la casa, el mismo pequeño llamó a la puerta danto unos toques que su madre ya conocía; e salió la madre al punto e, al ver a su hijo con esas ropas y esa sonrisa, no pudo contener su emoción, hasta el punto que no dióse cuenta de los rasguños que había:

“¡Mi niño! – dijo - ¡Cuánto os he echado de menos, que me parecía a la casa le faltaba tanto como a mí! ¡Dios Santo!, que no parecéis grazalemeño, sino niño de ciudad”.

“Puedo prometeos, señora – le dije –, que el niño es una bendición e muy listo e que aprende tan rápido como los demás; no debéis pensar que ser de Grazalema le hace inferior, que grazalemeño soy yo también”.

“¡Capitán; don Marcos; Antonio, hijo! – dijo entonces - ¡Cuánto me alegra veros! ¡No sabéis lo que me gusta ver así a mi hijo!, mas… ¿qué hales pasado que como heridos los veo?”.

E habló Marinín antes que nadie diera explicaciones:

“Jo, señora, que a veces uno piensa que jugando no pasa nada hasta que viene uno con otros a caer al suelo”.

“No tengáis cuidado – le dije – que ya han sido curados e yo mesmo he de estar pendiente de cómo van esos rasguños”.

“Así lo creo – respondió –, mas la herida de Marinín paréceme más importante.”.

“No temáis, doña Dolores – dijo Marcos – que todos cuando pequeños nos hemos dado golpes como estos o peores”.

“Sí, que así es – asintió –, e peores son estos golpes cuando se juega en el campo. No puedo apartar mi vista de la cara destos tres pequeños. ¿Cómo os apañáis para mantenerlos siempre tan ordenados, que han de ser de no parar?”.

“Un poco traviesos son, en efeto – le dije sin dar importancia -, mas no he tenido que hacer esfuerzo alguno porque en casa se obedezca, e, según se me dice de la escuela, son niños ejemplares. No puedo quejarme entonces dellos. Aquí tenéis un retrato de los tres con Marcos que os sirva de recuerdo; muy perfecto no está, que hice yo el disparo (se oyeron risas). Preparaos entonces que almorzaréis en casa con todos nosotros”.

“Perdóneme, capitán – dijo azorada –, pues algo he de arreglarme; bajen vuesas mercedes e yo iré pasados unos minutos”.

E todos comenzamos a bajar las calles e se la oía decir: “¡Ay, Dios mío, que mi hijo será hombre importante! ¡E mirad qué guapo se le ve!”.

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

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