27 septiembre, 2006

De la próxima inspección a la casa

alía del baño e iba a ponerme una camisa por secar bien la espada, cuando entró Marcos por saber si me había hecho algún daño.

“Daño ninguno tengo – le dije – que más me preocupa esta hoja de acero que este codo contuso. He de secarla bien, que aún debe durar otros quinientos, según veo”.

“¿Sabéis he localizado ya el domicilio de don Rodrigo en Toledo? – me preguntó entonces -. Es una tarjeta con dibujo de espada e tiene unos números de teléfono”.

“Agradecido os estoy de haberos acordado de cosa tal – respondíle –. Le llamaremos por la mañana por ver si le place la idea de venir”.

“¡Así lo creo! – dijo Marcos –, mas ¿no iréis a enseñar a ese hombre las preseas que conserváis cuando ni yo ni los niños las hemos visto aún?”.

“Esta casa entera – le dije – es tan vuestra como mía. Perdonad no sea yo un buen anfitrión, que he olvidado que debería haberos mostrado eso que decís e otras cosas. La casa conoceréis desde la cancela hasta las azoteas. Yo mesmo he de enseñárosla. Los niños disfrutarán tanto como vuesa merced”.

“¿E tenéis muchas armas? - siguió preguntando –. Nada desto me habéis dicho, como nada me habéis dicho de otras cosas”.

“Todo se andará – dije - mas no agora que han de facer los niños sus tareas. Antes de que venga don Rodrigo, si ello le es posible, conoceréis todo eso y todo lo demás. Emplacemos la visita a la casa para mañana por la tarde, que más me parece de razón aprovechar desde el viernes para irnos al pueblo”.

E Marcos, imitando a Marinín en sus palabras e sus gestos, dijo:

“¡Jo, Marino, deseando estoy ya llegue la tarde de mañana!”.

En Sevilla e a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario