09 septiembre, 2006

De la prueba del sello

artió don Diego muy de mañana para Ronda, que se celebran hoy allí las fiestas goyescas e nada podía remediar del asunto que nos llevaba. E subió el inspector a la casa a la hora del desayuno e quedó sorprendido de cómo los aros de los churros estaban ensartados en varillas de juncos, e comiéndolos luego, dijo no había probado manjar como aquel. Bendecida la mesa y comenzada la comida matinal, habló Su Ilustrísima, de tal forma, que me pareció poco o nada había dormido. E así dijo:

“Muchos nuevos planes tengo e no sé si todos podrán llevarse a cabo. En un principio, e habiéndose marchado nuestro amigo don Diego, mudaría yo el alojamiento del señor inspector a esta casa hasta que hubiera de volver a León. Estando así más horas juntos e compartiendo todo el día, podríamos hablar de más cosas, que cuanto más decimos más paréceme habemos de decir”.

“Sea así – dije al punto - ¡Cayetano! Preparad la vuelta del inspector a esta casa, que muchas cosas hay que pensar”.

“Una cosa he pensado esta noche - dijo el inspector – pues si es cierto que el anillo o sello de oro quita el efecto de esa «eterna juventud», ¿lo quita mientras se lleva puesto o lo quita para siempre?”.

“Hamos agora la prueba – Quitemos el sello e guardémoslo en su estuche”.

E como en ceremonia lo desprendí de mi dedo e lo subía a su estuche a buen recaudo.

“Quisiera yo saber aquesto también – dije – que más atañe a mi vida que a la de otros. No sé agora si pensar que me disgusta sea así o sea cosa de un tiempo”.

“Esto habremos de descubrir – dijo entonces Marcos – pues quitado el sello de vuestra mano habremos de esperar un par de días por ver los efectos. Si los dolores desaparecen así como las heridas, entramos en una nueva duda que será menester esperar para descubrirla. Tal vez en cinco o seis años, veríamos si a vuesa merced todo se le vuelven canas”.

“Papá – comentó Marinín -, si el sello ha borrado el efecto dese remedio ¿qué edad tendríais vos en el año 2056? ¿Cincuenta años más? Es que sumados estos a los treinta y dos que ya tenéis…”.

“¡Niño! – refunfuñó don Juan - ¿Por qué preguntáis tales cosas?”.

En Grazalema y a nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

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