06 septiembre, 2006

De la partida de ajedrez con personas

ás pareciera esta mañana una tertulia sobre la lidia que unas pláticas sobre la familia, que sentados todos en la parte cubierta, a la sombra, hablaba don Diego de su vuelta sin remedio a Ronda al día siguiente por estar presente en las fiestas como ganadero que es. Mas veía yo a Marcos no entendía mucho de aqueste tema de cuernos, pensativo estaba e de alguna otra cosa quería hablar. Dejé pasar una pieza e pedí se sirviera el refresco y el bocado obligatorios ya en estos días de holganza.

Y en un momento en que todos mirábamos el contento de los pequeños nadando en las aguas de la piscina, dijo Marcos con la mirada perdida en ellos:

“A salvo no me importar estar, que sé tengo al capitán a mi lado que me defiende a capa y espada (nunca mejor dicho aquesto) e bien conozco su valentía, mas mucho temo sean llevados los niños pidiendo a cambio la fórmula secreta. Comienzo a sentirme encerrado en esta casa más de obligación que de descanso. Creo habría que hacer algo e algo háseme ocurrido”.

“A fe, Marcos, que en vuestro pellejo me pongo – le dije –, que aunque yo tenga valentía y espada que me cubre, siento os pensáis dependiente de mi. Quiero entonces deciros que la llamada que hice a mi sobrino ayer no fue por saber cómo estaba, sino que supiese él cómo estábamos. Hice un trazado simple e le dije algunas falsedades por averiguar si él está metido en este encierro; e, creedme si os digo que sabía iba a llamar el teniente leonés cuando mi sobrino supiese las novedades. ¿Pensáis es casual o tal vez alguien le ha hecho advertencia?”.

“¿Novedades decís? – preguntó con sumo extraño - ¿Qué novedades son esas que no conozco? ¿Qué patraña habéis contado a don Fernando?”.

“Imaginad – aclaré – que don Fernando está detrás desta cacería del secreto. Imaginad que le digo que el secreto ya no existe, que mi vida ya es como la vuestra; normal e mortal. ¿Esperaríais os pidiese haceros un nuevo examen de vuestro cuerpo? Así lo esperaba yo, que cuando supo yo era inmortal no dudó en hacerlo; mas no hubo tal petición”.

“¡Dios! – exclamó Su Ilustrísima – que intentar pillaros en una encerrona vital es como jugar con vos al ajedrez, que antes de empezar, ya sabe uno el mate está cerca”.

“Lo que me intriga desta partida – les dije – es que me llamase al poco el inspector; pero más me intriga pensase yo no abría el teléfono, cortase él luego el aviso e no volviese a llamar. Puedo aseguraros, e desto sois testigos, que en poco aparecerá por esta casa y en diciendo nos defiende desta cacería. ¡Líbreme Dios deste tipo de alfiles!”.

En Grazalema e a seis de septiembre del año de dos mil e seis.

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