espidióse don Juan de todos nosotros con gran melancolía, e decía abandonaría Ronda por teneros a su lado. Notábasele emocionado, pues cada uno tiene sus obligaciones y en sitios distintos, mas le dije yo que no acababa ni el mundo ni la vida e que pronto nos veríamos otra vez.Fuése para Ronda con el cochero Rafael e volvimos a Sevilla mirando primero los colores del anochecer en la Ribera, e luego los últimos reflejos dorados del sol en la nueva laguna de Zahara de la Sierra e cómo se recortaba aquella roca habitada en el cielo. E pasando la Venta de los Mojones, cuando ya se entra en zona de Sevilla, les cantaba yo a los niños una canción y ellos me seguían, que la letra era fácil de aprender e cada vez se hacía más larga e dificultosa de cantar, cuando me dio Marcos un golpe con el codo para llamar mi atención.
Dejamos entonces los cantos entre risas e me miró Marcos con disimulo haciendo un gesto con su cabeza por que mirase hacia atrás. Usando el espejo oculto del coche, observé la carretera, ya casi de noche. Unas luces parecían seguir nuestro camino a una cierta distancia, e no queriendo entretener el canto que siguieron los niños, le dije:
“Unas luces veo e cualquier coche puede ir a Sevilla como vamos nosotros”.
“Erráis – me dijo –, que en el cruce de la venta, se tuerce a una carretera poco transitada por ser antigüa e por ahí he entrado. Ningún coche que fuese a Sevilla daría tal rodeo e por sitio tan poco cuidado. Me temo, Marino, que alguien de cerca nos persigue”.
Y en contra de lo que él pensaba iba a ser mi respuesta, le dije:
“Pensaba yo iba a tener que ir en busca destos malnacidos e vienen ellos a ponerme el trazado más fácil”.
“¿Qué cosa decís? – preguntó asustado – ¿No pensáis en el peligro que se nos avecina e por el contrario pensáis es mejor así?”.
“Siga vuesa merced el camino como estaba trazado hasta nuestra casa e déjeme luego dar cuenta a estos pillos, que si prefiere ese tal Andrés tener más muertes en su haber, él me las envía”.
Iba Marcos nervioso llevando el coche e le dije se tranquilizase, e así, seguí cantando con mis tres saltamontes.
En Sevilla y a diez y siete de septiembre del año de dos mil e seis.


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