reí era más atinado subiésemos hasta la calle Sevilla el inspector e yo, pues está esta casa a gran altura del pueblo para don Juan e no sabía si Marcos sabría salir al paso de algunos follones. No había llegado aún la noche, aunque el sol ya se había ocultado tras las sierras, e salimos con doña Dolores hacia su casa (que a orzas nos llevaba acostumbrada a subir aquellas calles). Abrió con cuidado la puerta de la humilde casa e pasamos al interior y al fondo de la sala principal, se hallaba sentado a una mesa el pequeño con la cara entre sus brazos.Acérqueme a él muy quedo e, teniéndole ya muy cerca, puse mi mano sobre su cabeza. Levantó de espacio los sus ojos e me miró triste: “Venís vos, mas no viene él”.
Él – le dije – no puede venir hasta aquí, pues pensamos corre peligro, mas con licencia de vuestra madre, hemos de llevaros un inspector y un capitán a la casa”.
“¿Es tal cierto, capitán? – preguntó incrédulo – Si es así habría que salir a priesa, que la noche se acerca”.
“No hijo – le dijo el inspector – que todo es algo más dificultoso, pues saliendo desta casa para aquella ya no podréis volver hasta pasados unos días; antes de las clases. Vuestra madre quiere así sea. Preparad algunas cosas e bajemos las calles estas antes del anochecer”.
Corrió hacia otro cuarto, le vimos moverse con priesa dentro dél e salió en una corta pieza con una bolsa llena de cosas: “No necesito mucho”.
Volví a advertirle a la madre cuál era la situación e volvió a decirme quería su hijo estuviese en mi casa aquellos días. Con esto, salimos llevando al niño entrambos e mirando con disimulo por las callejas. En cierto momento en que ya se encendían las luces mas no era noche, parecióme ver moverse a dos destos hombres en la penumbra, lo comenté al inspector e apretamos el paso, cuesta abajo, hasta llegar a la casa. Entrando en ella di la orden de cerrar bien todas las puertas e me aseguré aún no se había quitado ventana alguna de las antigüas.
Los mayores restamos quedos al ver el encuentro entrambos e, don Juan, pasada una corta pieza, dijo:
“Tiempo habrá de que estéis juntos en estos días, tomad agora las cosas de Fermín e ayudadles a ponerla en el dormitorio. Los dos debéis cuidar de vuestro amigo mientras esté en la casa e no asomaros siquiera a la puerta”.
“Así ha de ser – insistí –; no acercaros a la puerta e sólo jugad en el jardín cuando uno de los mayores estemos allí. Es mañana domingo, mas me temo que no podréis salir a la calle, pues atados con cadenas habría de llevaros. Como aún Fermín no lo sabe, diré que anda alguien intentando llevaros. Agora, Fermín forma parte del grupo; ya no sois dos niños, sino tres. Intentaremos solucionar este entuerto cuanto antes”.
En Grazalema y a nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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