o eran aún las siete del amanecer, cuando sonó la música de mi teléfono:“¡Capitán! El inspector soy. Sé la llamada es temprana, mas es un aviso importante que no puede esperar a otra hora. ¡No enviéis a los niños a la escuela! Dos hombres están en Sevilla preparados para capturarlos”.
“Sobre mi cadáver han de pasar antes – le dije -, que ya vimos ayer alguien nos seguía desde Grazalema y a esto he de poner remedio”.
“No, no entendéis lo que os digo. Parece que trátase de poner un cañón en la cabeza del conductor del coche de los pequeños e hacerlos desaparecer a los tres luego en su mesmo coche”.
“¿A los tres, decís? – quedé perplejo –. La solución he de poner entonces antes de que corran peligro, que toda mi vida estoy dando por ellos. En el mesmo coche he de ir e venir”.
E después de un momento de silencio o duda, me preguntó:
“¿Tenéis solución para este entuerto? Mirad que si peligroso era don Pablo por un lado, cobarde lo fue por otro al suicidarse, mas este no ha dado señal de estar vivo hasta agora e mucho más peligroso me parece”.
“¡Cara a cara lo quiero como al otro lo tuve, aunque para ello haya de matar a un ejército yo solo!”.
Volvió Marcos su cabeza por ver era cierto lo que decía.
“Saber donde está es imposible – continuó -. En Madrid se halla, sí, más llama agora desde Cibeles e dentro de cinco minutos desde Puerta de Hierro. ¿Cómo hace aquesto?”.
“Si en Madrid se halla, aunque se «mueva» con tal facilidad, a Madrid mesmo iré a buscalle e os aseguro que he de hallarle. Sólo quiero saber qué cosa pudiere hacer para que durante esa «visita» no haga nadie lo que me estáis diciendo”.
“¡Dejad a los niños en casa, esto es muy grave e peligroso! Puediera yo acaso poneros guardia día e noche en la casa, mas nadie debe salir della. La compra pudiera hacerse avisando por teléfono, mas incluso he imaginado la perversidad de que pueda ser envenenada. Así pues, uno de la guardia debería ir a la compra con sumo cuidado”.
“A tal perversidad – respondile – no llega mi mente. Casi preferiría entregar el secreto e que dejasen mi vida en paz”.
“Capitán – dijo pausado -, si ponéis ese secreto en manos de tal persona, habréis destruido el mundo. Pensadlo”.
En Sevilla e a diez y ocho de septiembre del año de dos mil e seis.


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