o podía conciliar el sueño e noté la respiración de Marcos suave e cálida, así, levantéme de la cama e no encendí luz alguna, sino que salí muy quedo de la estancia e bajé al salón. La casa está ya casi remozada e la temperatura era agradable. Pasé de espacio a la cocina e encontré allí a María con Cayetano (que es su esposo) e así les dije:“¿Aún a estas horas andáis entre cacerolas? Queja alguna puedo comunicaros del servicio en general, mas sí me gustaría saber si hay queja del servicio e cómo pudiera remediarse”.
“Quejas no hay, capitán – dijo Cayetano – que, según he oído de otros criados, hay grande diferencia en el trato que nos dais y en el que ellos reciben. Sabed que la gente que en esta casa trabaja para vos se siente como de la familia, bien pagada e con lugar lujoso para los aposentos”.
“Quiero deciros – manifesté – que aún sabiendo el servicio está a gusto, por haber agora más visitas e más tráfego en esta casa, desde mañana he de subiros la soldada, que me gustaría mantuvierais esta casa como palacio. La tendréis toda la semana para vosotros como si vuestra fuese; sólo los días que vengamos deberéis comportaros todos como criados. E gracias a vos, María, que sé que no habiendo hijos, tomáis al mío como vuestro; e tal cosa me place, que un niño necesita el cariño de una mujer y mi pequeño no lo tiene”.
Dejélos entonces a solas, pues sus cosas hablaban e subí las escaleras a obscuras viendo luz por debajo de la puerta del dormitorio de los niños. Con esto, acerquéme a oír alguna cosa e les oí hablar. Golpeando antes con prudencia en la puerta, abrí por ver si alguna cosa les sucedía. Marinín quejábase de dolores por el cuerpo e sus amigos le decían cosejos. Así, le pregunté:
“¿Habéis tomado esa pasta blanca e verde que llámase Nolotil? Esa es la que quita los dolores, según se me ha dicho”.
“Sí, papá, la he tomado – me dijo –. María me ha preparado leche con miel para tragarla, mas siguen los dolores”.
“Veamos – le dije –. Quiero ver esa espalda donde os dieron el golpe, ¿me la enseñáis?”.
E volviéndose con cuidado, levantó su camisa de dormir e pude ver estaba la herida tapada con finas gasas. Quitélas con sumo cuidado e, viendo la color que había la herida, le dije:
“Esperadme, que os traigo algo que os aliviará e dormiréis sin dolores”.
Los otros niños me miraban quedos e miraban la herida de mi pequeño. Al dormitorio volví e tomé mi bolsa con los remedios. Arranqué la capa de debajo de algunas hojas de […] e se las puse frescas sobre la herida:
“Dentro de muy poco os sentiréis mejor. Si no es así, me lo decís mañana, que hoy ya no puedo hacer otra cosa. Dormid todos agora, que mañana hemos de disfrutar el día”.
“Papá – me llamó Marinín cuando salía - ¿He hecho bien en defenderme?”.
“No querría tener a un hijo tan lelo que dejárase hacer daño sin poner pie. Veo tengo un hijo que se comporta como debe ser. Dormid”.
E volví al dormitorio a sentir la cálida respiración de Marcos.
En Grazalema y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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