idió licencia Marcos para retirarse al bufete e llevar a cabo todo lo que no había hecho en los días pasados, e así le dije yo saldría a algunos menesteres hasta el medio día. Al ver yo salía con mi uniforme como siempre, abrió a priesa la puerta que da al patio e me gritó:“¡Eh, capitán! Tened una buena mañana”.
Ya sabía él que, en llevando mi uniforme e mi blanca al cinto, a cumplir con algunos deberes iba.
Entré en el Hospital de la Santa Caridad a buena hora e saludóme el guardia con gran entusiasmo e interesóse por mi salud. E con él hablé una pieza e le pregunté luego si había ya entrado el Hermano Mayor e así me dijo estaba en su despacho. Llamé a su puerta levemente e me pidió pasase e, al verme de nuevo allí, levantóse e vino a saludarme:
“Hermano Marino – dijo – que ya nos iba pareciendo que a este hospital le faltaba una de sus mejores piezas”.
“Mayor – le dije -, demasiado tiempo he estado fuera e más lo temo por haberos dejado sin mi ayuda que por ninguna otra cosa. Quisiera agora, con la venia, saludar a nuestros acogidos”.
“Muchos (demasiados) – dijo – preguntan por vuesa merced; e los hay que incluso están tristes por no veros. Algunos nos han dejado, que ya sabéis que, con todo respeto, es éste lugar para esperar a la muerte. Solo os dejo en esta vuestra nueva visita e volved cuando terminéis vuestros saludos, que hemos de hablar una pieza”.
“Así lo haré, hermano – contestéle – vuestros deseos son órdenes”.
Volviendo luego a casa acercándose la una del medio día, tiré fuertemente del timbre de la cancela varias veces e me abrió Chuti suspenso e viniendo hacia mí los niños con su sonrisa, no se atrevían a tocarme. Fermín, que nunca me vio con esta vestimenta, quedó con la boca entreabierta. Así, les dije:
“¿Acaso no tienen vuesas mercedes un uniforme?”.
En Sevilla y a quince de septiembre del año de dos mil e seis.


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