ajando del coche, entraron los niños corriendo a saludar al servicio e vinieron éstos entonces a sacar las maletas. Colocáronse las cosas en su sitio e ya estaban los pequeños pidiendo se les dejara tomar un baño, e así les dije:“No quiero enfados ni caras tristes. Yo narraré todo lo que me sucede e quiero se me diga también si algún problema hay. El baño entonces está concedido, mas habéis de pasar antes por el cuarto del baño e quitaros toda la ropa y el sudor. Dentro de una hora, según creo, estará preparado el almuerzo. No os tardéis, que visita a las aguas no puedo haceros teniendo el cuerpo como lo tengo”.
“¿Me dará la venia vuesa merced para tomar también un baño? - preguntó con sorna Marcos – prometo quitarme toda la ropa y el sudor antes, mas no puedo referir secreto alguno, que desos no tengo”.
“Ya decía yo – contesté en baja voz – que en vez de dos, tres niños tengo”.
E llegando mis palabras a los oídos de don Juan, dijo entre dientes:
“Espero no acabemos siendo cuatro”.
En la mesa, y durante el almuerzo, preguntó Su Ilustrísima si recordaba cosa relevante de lo ocurrido en Constantina, mas siendo la historia un poco larga e no queriendo contarla con la boca llena o dejando el almuerzo, le prometí que en la hora de reposo habría de contar cuanto me diese tiempo de lo que recordaba. Y así también, les pedí intervinieran con sus preguntas si alguna cosa de la historia no les parecía aclarada.
Miré a los ojos de Diego Jesús, que parecían aún estar llenos de tristeza, e bajó éste la cabeza. Parecióme alguna cosa más habría que aclarar.
“Hasta el yantar es delicia en la sierra – dijo don Juan – que parece como que con «la caló» de Sevilla se le quitan a uno las ganas de comer”.
“En Cuenca – dijo Marcos – el calor es mucho menos, pues está ciudad en lo alto de la sierra y, aún calentando el sol, se soporta la temperatura. Como playa no tenemos (es evidente), hase preparado en el río Júcar un a modo de piélago de aguas muy frías e la gente le llama playa e allí se refresca. Muchos años llevo ya en Madrid trabajando e poco he visitado tal lugar”.
Era la primera vez que Marcos hablaba, aunque fuese muy poco, de su vida privada.
En Grazalema y a dos de septiembre del año de dos mil e seis.


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