aró el coche de Su Ilustrísima en la puerta de la casa e salieron los tres diablillos corriendo a recebillo, e viéndolos él de aquella guisa, miróme primero, extrañóse e recibiliólos con los brazos abiertos:“Hijos de Dios e hijos míos – dijo mirando al cielo - ¡Qué alegría de veros otra vez e qué disgusto de veros maltrechos! ¿Os habéis cruzado con el diablo? Benditos seáis, que no conozco a otros como a vosotros. Capitán, don Marcos e compaña, no saben vuesas mercedes lo larga que háseme hecho la semana. Mas aquí aparezco”.
“Pasad Ilustrísima – dijo Marcos mientras el servicio entraba el equipaje – que como sé madrugáis por vuestras obligaciones, ya habéis en la mesa bocado e copa que saborear”.
“Relajado vengo del viaje – respondió –, que en siendo corto (aunque retorcido), me permite venir sentado e observando lo natural. Falta pues dar gusto también a la tripa, que ya os digo que acabaréis haciéndome pecar de gula”.
“Antonio está al llegar – dijo Marcos entonces -; le esperamos con sus nuevas ropas para ir a ver a doña Dolores e que ésta disfrute de su hijo”.
“Bien me parece se hagan las cosas así – espetó don Juan -, que ¡no sabéis en cuántas casas ignoran la disciplina!”.
E todos nos miramos con disimulo.
Así, e pasada una pieza, volvieron a llamar a la puerta e abrió Cayetano. Mas esta vez venía Antonio acompañado de su padre e quedaron fuera de la casa.
“Pasad, por ventura – les dije –, que es esta también vuestra casa, e bien me parece que acompañáis al chico por algún motivo”.
“Así es - dijo don Antonio e padre de Antonio – que motivo hay de venir e no es otro que conoceros, que háblame mucho de vuesas mercedes e de sus amigos mi hijo”.
“Pasad pues – le insistí – que también he de presentaros a Su Ilustrísima don Juan de Lobo, que es obispo emérito de Ronda e tío mío. Sentaos e tomad algo, que ya se agradece”.
“Quisiera – dijo en baja voz – comentar con vos alguna cosa”.
“Sea pues – le dije – que a nadie niego unas pláticas. Pasemos a mi bufete”.
Y entrando en la estancia, me dijo dudaba de la procedencia de la nueva ropa que había llevado Antonio a casa e así le dije:
“Bien me parece que dentro de vuestras normas de disciplina exijáis al niño os entregue su sueldo íntegro, que a esas edades mucho malgastan. Tal vez he sido yo el que ha cometido el error, que viéndole empapado de la lluvia e no teniendo cosa que ponerle, ordené se le comprase esa ropa”.
“¿Tres prendas de cada para que no estuviese mojado? – preguntó asustado –. De casa alguna sé de gente que ande cambiándose de ropa todo el día”.
“No es aqueso – dije entonces –, sino que dióme lástima sintiérase inferior por su ropa junto a mis niños e quise hacerle ese regalo. Si oportuno lo creéis, dejadlo aquí. Vos sois su padre e vos sabéis cuál es su disciplina”.
“Vive Dios – dijo al punto –, que no he querido molestar con insinuaciones o cualquiera otra cosa. Si es vuestra voluntad, capitán, que mi hijo lleve esas ropas, nunca he de prohibírselo, que nuestro pecunio no llega para comprar tales prendas”.
“Pedidle entonces – le dije con agrado – suba a casa e se ponga la ropa para pasar el tiempo con sus amigos”.
“Así he de hacerlo, capitán – concluyó -; e no sabéis bien el favor que nos hacéis con esto, que no tiene mi hijo prendas ricas para asistir a la misa”.
En Grazalema e a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.


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