edí a los padres me llamasen a un ¡taxi! con la máxima urgencia e ofrecióse don Francisco (el padre) a llevarme donde fuese menester; desta forma (e así se lo dije) ahorrábamos la necesidad de ir a mi casa e le pedí me llevase a la zona de campo puro más cercana que él conociese. E así fuimos hasta un lugar que desconozco e, apeándome del coche, miré a mi en derredor: “¡Este es el sitio. Esperadme atento!”.No llevando la capa, aunque la tarde estaba húmeda e lluviosa, me quité la camisa e fui poniendo allí todo lo que necesitaba. Al acercarme al coche, don Francisco, casi en lágrimas, buscó un paño e me lo puso por encima. Luego desto volvimos a priesa hasta la casa. La madre me miraba asustada e con los sus ojos enrojecidos del llanto. Así, le pedí una pieza de tela con la que yo pudiese hacer una banda rellena de cosas, e me trajo un paño y, entregándomelo, me dijo:
“Es un pañuelo de seda de mi madre”.
Pedíles entonces me dejasen a solas otra vez con Fran e así se hizo. Preparé mi remedio e me acerqué al niño con gran cuidado, que su vida estaba en grave peligro. Casi sin moverlo, le pedí licencia para elevar un poco su cabeza e su cuello e así se hizo.
“¿Qué me vais a hacer agora, capitán? – preguntó casi sin voz - ¿No vais a usa medicinas ni máquinas ni esas cosas?”.
“No, Fran, no – le dije con cariño -. Este es el único remedio. Si mañana ha parado la enfermedad volveré a veros, pero jamás toquéis esa banda que os he puesto ni la quitéis de donde está”.
Al límite de su vida, puse el remedio sin saber se tomaba e se paraba a tiempo. Con estas mesmas palabras hube de decírselo a sus padres.
“Vuelvo a casa – les dije -. Si mañana vive e igual se encuentra que agora, llamadme. Aquí tenéis un papel con mis números”.
Todos estábamos asustados.
En Sevilla e a trece de septiembre del año de dos mil e seis.


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