o podía creer Marcos Fermín hubiese sido admitido de tal forma, pues muy inteligente debería ser el niño. E partí yo con el coche que buscó Chuti hacia el domicilio indicado.En llegando a la mesma puerta, vi la casa era de gente acomodada, pagué al cochero (al que dicen taxista e puso cara de extraño al ver le pagaba con creces) e llamé a la puerta de una verja que a un muy pequeño jardín daba. Casi al instante, apareció una mujer joven, salió e me abrió la puerta: “Sé sois el hombre al que esperamos”.
Entré en una casa muy bien amueblada e grande e me dijeron los padres (la madre era la señora que me abrió), que los médicos ya les habían advertido que fuesen pensando en la pérdida de Fran. Lloraba la madre desconsoladamente y el esposo apenas podía contener sus lágrimas, e así, les dije:
“Enfermedades simples (como un constipado) hay que no puedo curar; de las otras que se dicen agora mortales no todas puedo quitarlas, pero sí os aseguro que, siendo de las que yo conozco, en no más de ocho días debe desaparecer. No nos hagamos ni unos ni otros ilusión alguna, pues si es la voluntad de Dios Nuestro Señor que este ángel Fran esté a su lado, así será, mas si puedo parar el mal que le aqueja es que aún Dios le quiere vivo”.
Entrambos me miraron con asombro e pedíles me llevasen a la estancia del pequeño e me dejaran a solas con él. Subimos unas preciosas escaleras de madera e abrieron lentamente una puerta muy ancha e muy pesada, e luego desto, me hicieron gesto de que pasara e restaron ellos fuera.
Estaba el pequeño en la cama casi e sueños y, al ver yo pasaba e me acercaba a él, me dijo con muy poca voz:
“Sois el capitán, lo sé; me lo ha dicho […]”, (no pude entender el nombre).
“El capitán soy – le dije -, marinero. ¿Me dejaríais me sentase en vuestro lecho e junto a vos?”.
Estaba muy delgado, casi sin pelo; sus ojos tristes se hundían en su rostro e sus labios estaban muy arrugados. Aquella muerte ya la había visto yo e cerca della estaba, mas había que saber dónde estaba el mal:
“Dejadme os toque. No asustaros que daño no os voy a hacer. Sólo he de usar mis manos e no veréis agujas ni trastos raros. ¿Puedo?”.
“No sé si podéis, capitán – me dijo -, mas sí veo que queréis. Haced lo que necesitéis para saber qué mal me aqueja”.
Puse así mis manos sobre su cuello e toqué luego su huesudo pecho durante una pieza. Me miraba con extraño e sonreía. Al final, le dije:
“Esperadme aquí que he de volver muy pronto. No os mováis, no toméis cosa alguna; ni agua. Hablaré agora con vuestros papás e trataremos de quitaros esto. Pensad mientras en mí e rezad todo aquello que sepáis, que la fe es como una desas medicinas modernas”.


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