irando estaba por la ventana la incesante lluvia, cuando recordé ciertas cosas que escondidas estaban en mi cabeza e le dije a Marcos:“¿Recordáis acaso a aquel hombre que vendía armas en Toledo, don Rodrigo, e al cual le dije estaba invitado a mi casa por ver mis armas antiguas? Tiempo me parece, que ya esta noche empieza el otoño, de darle aviso e decirle que puede venir, con todos los gastos pagados, a ver lo que tanto deseaba”.
“Mala época paréceme ya – farfulló – que todos los negocios empiezan agora a funcionar”.
“Si bien es cierto lo que decís – contestéle – más me parece oportuna esta época, que en verano van muchos forasteros por ver Toledo e hacen sus compras. Estando agora el tiempo más lluvioso, tal vez pueda dejar a alguien al cuidado de su tienda. No han de ser muchos días, sino los que él pueda; aunque mucho tendrá para ver e gozar”.
“La nota que dióme con sus señas en la casa de Sevilla está. Recordadme, os lo ruego, la busque e lo llame. Tampoco a mí me gusta prometer cosas e no cumplirlas”.
“Cierto es eso; por tal motivo nunca me gusta prometer nada”.
En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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