07 septiembre, 2006

De la inspección del inspector (1/2)

asaron las doce del mediodía (don Juan nos hacía rezar el Ángelus) e nadie aparecía en la casa. Los dedos de mis niños parecían ya pasas de estar en el agua e les dije se echasen juntos a tomar el sol (como si no estuviésemos allí con ellos) e cuando hubiesen ya la piel bien seca, volviesen, si era de su gusto, a tomar otro largo baño. Don Diego e don Juan, sentados estaban en la parte más cercana al rincón más fresco de la parte cubierta e, al otro lado de la mesa (don Juan e Dios nos perdonen), estábamos sentados, más cerca de la salida a la piscina y totalmente desnudos, Marcos e yo. Se me pusieron unos paños jugosos como para que mi piel no rozase los mimbres del mi asiento e, sobre la mesa, junto a mí e cerca de los refrescos, había cajas de medicinas modernas que yo nunca antes había tomado: “Muy buenas son esas para el reuma, dijo don Juan”.

Nervioso de tanta espera, levantóse don Juan y en la casa se entró e, al poco, alguien llamó repetidas veces. Como si no hubiese servicio, él mesmo abrió la puerta y encontró delante de sí, tal como predijo Marcos, al inspector leonés:

“Buenos días nos dé Dios, monseñor, que mucho gusto tengo de veros; dejadme besad vuestra mano”.

E ya con la mente puesta en todo lo trazado, le dijo con gran amabilidad:

“No, no, señor inspector, no habréis de besar mi mano que ningún santo soy; besad mejor si os place mi crucifijo, que en él se halla quien todo lo sabe e quien todo lo puede; e pasad, ¡Vive Dios!, que me fatiga veros esperar en la calle. La familia está en el jardín, que ya sabéis es la hora del baño e, si no traéis calzonas e un baño os apetece, no habréis más que decirlo. Pasad, pasad e sed bienvenido”.

“Bellísima es esta casa – comentó el inspector - ¿Es acaso esta la que tenía el capitán aquí e donde fue nascido?”.

“No tal, inspector – que un tanto vieja estaba e, teniendo otra en la plaza principal del pueblo, algún negocio hizo e las cambió por esta más moderna; e fijaos, que de obras anda, que siempre hay mejoras que hacer”.

Con esto, tosió con fuerzas porque supiésemos llegaba e cambiamos Marcos e yo nuestro tema de conversación, e vi a los pequeños correr abrazados e lanzarse a las aguas e, sin estar en el trazado ni esperarlo, apareció Cayetano con servilleta en el brazo, invitó al inspector a sentarse junto a Marcos (cosa que cambió su gesto al verle en cueros) e me dijo:

“Capitán, no olvide vuesa merced ha de tomar esa medicina que a las doce os correspondía; no digáis luego que no estoy pendiente de vos”.

E mirándome el inspector con grande asombro restó suspenso e se trocó su cara en alabastro en diciendo:

“A fe, que nunca os he visto así, e no me refiero a vuestra desnudez. Pensaba yo que las heridas se os curaban solas y en poco tiempo”.

“Así era – le dije mientras tomaba asiento -, mas las cosas cambian. Pensé yo que habíais venido a Grazalema por saber de mi salud”.

“En este mesmo momento – respondió – descubro cómo os hayáis e tal cosa me preocupa, que otro asunto (no sé si más grave) me trae a visitaros”.

“Tomad, tomad un bocado – dijo Marcos -, que del caluroso viaje vendréis fatigoso”.

“Se os agradece – dijo – e sabed llego hoy y a esta hora porque no hay otros vuelos esta semana”.

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