oco tiempo quedaba ya para irnos al descanso, durante la cena, cuando dio el inspector órdenes de vigilar la villa, e así pregunté yo a Cayetano si sabía algún lugar de la casa por donde fuese fácil la entrada de un ladrón. Y me dijo éste:“No, capitán; no penséis tal cosa, que en esta casa serví yo tiempo ha e puedo aseguraros es muy dificultosa la entrada si no es por la puerta. Sólo un hombre del pueblo e que conozca esta zona, con mucho esfuerzo, penetraría en estas dependencias. Recordad al intruso que intentó robar algunas herramientas. Sabe ese hombre algo de cómo pasar las verjas del jardín, pero ni es fácil ni hay más personas que sepan el lugar exacto ni es seguro, pues esa verja del jardín cae al borde de unos riscos de más de siete metros de altura sobre la carretera. No aconsejaría yo a nadie lo intentase”.
“E la fachada – le dije - ¿Qué me decís de la fachada?”.
“Veréis – contestó de espacio -. Queda la puerta principal en el centro de la casa y es fuerte, de madera maciza, con tres cerraduras y al salón da sin zaguán; a ambos lados tiene dos grandes cierres hasta el suelo, como veis, mas son sus rejas tan fuertes y estrechas que me parecen infranqueables. Subir por ellas al piso superior no es cosa fácil, que los hierros horizontales de los cierros son pocos e muy distanciados. La parte superior de la casa, cosa rara en estas construcciones, tiene también reja forjada e reforzada con pinchos. No preocupaos, que esta casa conozco y al más mínimo ruido que yo oiga a sus alrededores, seréis avisado”.
Con esto, y ya retirados todos a sus aposentos, fuese Marcos a acostar a los niños (que eran ahora tres e se volvían más traviesos) e me dijo Su Ilustrísima:
“En verdad, en verdad os digo, capitán, que no sé si hacéis obra de caridad con Fermín o mal favor, que habiendo el riesgo estremecedor de un secuestro, aquí os lo traéis”.
Y en riendo, le dije:
“¡Ay, Ilustrísima, que algunas cosas ignoráis y es de razón os las diga! Siento las heridas curarse de tal forma, que encontrará el lunes el médico piel sana. Dejemos se asombre. Tal vez piense es una broma. Quiero con esto deciros, que si al no portar el sello en mi mano mi vida vuelve a pararse, al cerdo que ose acercarse a uno de mis niños habré de sacarle las tripas e darlas de comer a los buitres, que dicen están necesitados”.
“¡Santo Dios! – contestó don Juan – No diría yo sois cristiano sino porque bien os conozco”.
“Menos cristiano que yo – le dije – es quien siembra en su cabeza la idea de llevarse a un inocente indefenso por conseguir dinero. Sí, Ilustrísima, sí; dinero, que no es otro el motivo e la codicia que hace que algunos busquen esa panacea que todo lo cura e lo hace a uno joven de por vida”.
En Grazalema y a nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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