maneció el día nublado e lluvioso, de viento e de frío. En la ventana estaba sentado cuando despertó Marcos e comprobó yo no estaba ya en la cama, e mirándome con asombro que preguntó qué hacía allí. E no hacía sino pensar en lo que el niño me había dicho por la noche.“Por ventura, ¿os pasa cosa alguna? – preguntó Marcos –. Nunca os he visto así. Parecéis preocupado”.
“Cuando os levantéis – le dije – quisiera yo haceros alguna consulta. Seguid agora durmiendo un poco más, que es sábado”.
Mas al oír esto, se levantó de la cama e vino hasta mí e sentóse a mi lado e me miró con extraño a los ojos. Entonces, sin dejar de mirar afuera, le dije cuanto Marinín me había contado e me dijo él su versión desta manera:
“No creí necesario deciros todo esto. Este niño es vuestro hijo legalmente, mas todos los trámites realizados a su en derredor están corruptos. Las gentes, aunque sean del Estado, están corrompidas e hacen todo aquello que les beneficia. Veréis. Murió la madre de Marinín en el parto e quedóse su padre muy solo con un bebé e una gran fortuna que administrar. Contrató a una nodriza e dióse a la bebida un tiempo e frecuentaba las mancebías. Era Nicolasa una desas putas que andaban con él casi todas las noches e, sabiendo su fortuna, comenzó por pedir más dinero por sus servicios, luego por la sisa e, tal vez pensándolo mejor, decidió casarse con él. Llevó poco tiempo una vida rica e regalada e no puede decirse que no quería a su marido e a su hijo, que siempre pendiente dellos estaba. Mas apareció el mal deste buen hombre pasados los tres años (o casi cuatro) e murió en pocos meses. Puso su vida Nicolasa en el pequeño como si suyo fuera, mas pasado otro poco, comenzó el pequeño a dar signos de tener la mortal enfermedad de su padre. Ahí aparecisteis vos, que vive Dios, la vida le salvasteis. Mas llegaron a las manos de Nicolasa unos documentos donde se decía claramente, que quedábase ella con bastante poco y el niño, siendo el resto de sus palacios, casas e fincas exclusivamente para su hijo, pero siendo muy pequeño, dejó la custodia destos bienes en usufructo a su hermano (para mí desconocido) hasta la mayoría de edad del pequeño. Así, un hermano que no conocía al otro si se cruzaba con él en la calle, dispone agora destos bienes hasta dentro de once años. Nicolasa hubo de mudar a la casa que (¡Dios me ampare!) conocimos un día. Sin dinero, el niño comenzó a serle una carga y…”.
“¡Parad!” – le dije -; sé el resto”.
En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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