29 septiembre, 2006

De la gallardía e valentía que demostró Marinín

l llegar el coche al apeadero de casa, bajaron los niños muy serios e cabizbajos e, yéndome hacia ellos, vi tenía Marinín cosida la frente e alguna herida pequeña traían Diego Jesús e Fermín. Los abracé con cariño e dejé hablasen. Así, me dijo Marinín:

“Papá, no ha pasado nada; esto sanará. Un golpe me he dado”.

E fue entonces, viendo también a los otros heridos, cuando dije:

“¿Y os dedicáis agora todos a daros golpes por placer? Contadme; e quiero seáis sinceros que deste asunto ya algo sé. Id agora a cambiaros sin mojar las heridas e os espero en el comedor. A la orden”.

Tras ellos iba hacia el gabinete cuando apareció Marcos, que al verlos así mudó la color:

“¿Qué cosa ha pasado? ¿Creéis las diferencias de pensamiento así se arreglan?”.

“Dejadlos agora – le dije – que van a cambiarse y ellos mesmos nos han de narrar lo ocurrido”.

E ya en el comedor, se adelantó Fermín e comenzó a hablar con rapidez:

“Capitán, ese Raúl es mal bicho e comenzó a insultar a Marinín e luego a vos, e Marinín quiso con palabras se retirase; mas asió el otro una vara gruesa e todos los que estábamos allí quisimos ponernos en medio e con la vara le dio en las espaldas un fuerte palo; e Marinín volvióse hacia él para hablar e a todos nos golpeó; e viendo nos iba a hacer daño, con movimiento rápido quitó Marinín la vara a Raúl e dióle varios golpes. Con esto, vino don Julio e los separó. Marinín fue curado e paréceme Raúl está maltrecho e castigado por hacer tales cosas”.

“¿Muy maltrecho – pregunté –, o sólo un poco?”.

No hubo respuesta y hablé yo:

“A don Julio iré a ver el lunes, que no me parecen importantes vuestras heridas, mas quiero saber las que tiene Raúl e qué es lo que pretende, que si va a seguir desta guisa también me veré cara a cara con su padre, que no debería haber coronel que no sepa educar a un hijo en la disciplina”.

“Dice don Julio – espetó Diego Jesús – que acabará ese niño en otra escuela”.

“¿E qué dice Marinín? – pregunté –. Muy quedo le veo”.

“No me gusta herir a nadie – dijo mirándome con tristes ojos – si a mí no viene a herirme de palabra e con arma. Perdón he de pediros por lo hecho, mas hecho está por defenderme e por defenderos. Si veis necesito castigo, ponedlo”.

“¿Castigo? – le dije alzando la voz –. Unos buenos azotes le daba yo mesmo a ese desobediente”.

“Ya los ha recebido – dijo Fermín mirando a Marinín -“.

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