udamos nuestro dormitorio por estar reparándose el otro e daba la ventana a otro lugar del jardín. Al ver esto, me dijo Marcos parecía haberse arreglado la verja que dejaba paso a los intrusos, e así le dije:“Los intrusos no me asustan; prefiero no puedan salir por ahí los niños. Ya he dado órdenes de poner remedio a eso”.
E un tanto extrañado, me dijo:
“Tuviera yo más en cuenta al que entra sin permiso que al que sale, que aún no habéis eliminado el peligro. Si es vuestra vida la que está en juego, me preocupa; si es la vida de los niños que tuteláis más me asusta”.
“Nada va ocurrir – le dije – que no queramos. Bien está afianzar la casa por remediar algunos problemas, mas cuando esos a los que llamáis intrusos se proponen conseguir algo, con verja e sin ella lo harán. E cuando yo me propongo eliminarlos (literalmente) del mapa aunque la Justicia no me apoye, tened por cierto que hasta ese Andrés Pérez del Olmo he de llegar como llegué al otro en León. Nadie, e quiero repetiros esto, nadie va a tocar un cabello del capitán e mucho menos de quienes le rodean. Si no creéis esto tal como os lo digo, no descansaréis en paz. Preocupaos de vuestras labores e dejar a mí las mías”.
“¿Os molesta acaso mi comentario? – preguntó con timidez Marcos -. No quiero decir no sepáis lo que hacéis, sino que me preocupa lo que os proponéis”.
“Lo que me propongo – le dije poniendo mi brazo sobre su hombro – es que ninguno de nosotros, por unos problemas que vienen de hace siglos, tenga que hablarme con la preocupación que lo estáis haciendo. Confiad en mí e seguid vuestras labores; eso os ayudará”.
E sonaron unos golpes suaves en la puerta e luego se abrió; y apareció allí Marinín diciendo que si no oía la música de mi teléfono, que en la sala lo había dejado. Díle las gracias por avisarme e me aseguró sonaba desde mucho tiempo antes. Con esto, bajé a por el móvil e, tomándolo en la mano volvió a sonar, e oí:
“Capitán, asustados estábamos y más asustados estamos porque no contestáis a nuestra llamada. Fran no vomita lo que toma, hase incorporado en la cama e pide comer. ¿Qué hacemos?”.
“Tranquilo, don Francisco – le dije –. Mala señal no me parece esa. Disolved agora algunas galletas en leche; no mucha cantidad. Dadle de comer esto de poco en poco cuando lo pida. Si lo rechaza, volved a la leche fermentada. Paréceme que va yéndose el mal que aquejaba a vuestro hijo”.
En Grazalema a diez y seis de septiembre del año de dos mil e seis.


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