25 septiembre, 2006

De la casa de los pobres

ntré en el Hospital por acompañar a los acogidos y se acercaba ya la hora de la cena. Cerrándose las puertas a las nueve y media de la noche, nadie puede ya ni entrar ni salir de allí hasta llegada la mañana, así que ayudé a dar la cena a estos que no pueden ya valerse por sí solos. En esto estaba, cuando apareció el hermano mayor e me hizo algunas señas porque le acompañase. Así, fuimos a su bufete, cerró la puerta e me dijo sólo platicaríamos una corta pieza, pues uno de nuestros acogidos habíase caído e rompióse la cadera e tenía grandes dolores e dijo el médico estaba en edad muy avanzada para arreglar aquel hueso.

“¿Podríais hacer algo por él? – me preguntó –. Sé que aún estáis terminando esos asuntos que os han mantenido alejado de nosotros, mas si fuere posible hacer algo…”.

Así, y pensando en la falta de humildad del doctor amigo de don Francisco, le dije:

“No soy médico, señor. Si ellos dicen que el enfermo es mayor para curar esa rotura, no puedo sino deciros que ya ha comenzado este pobre a subir la escalera que le llevará al cielo. Vayamos pues a la capilla e oremos ambos porque su sufrimiento sea leve”.

E me miró el hermano con tristeza e me pidió hablase con él e le consolase una pieza, e obedeciendo aquellos sus deseos, le pedí me llevase a verle. Era un hombre de cuerpo muy castigado e veíasele la luz apagarse.

“Hermano – me dijo aquel hombre con un hilo de voz -, ¡cuánto me alegra poder ver vuestro sombrero e la pluma antes de irme! Pedid porque mis últimos momentos no sean muy dolorosos”.

Con esto, el médico de allí se acercó a mí e me dijo muy quedo:

“Impotente me veo, hermano. Algo quisiera hacer mas es imposible. Hase llevado al Hospital General e ha vuelto, pues también aquellos médicos piensan no tiene edad para curar ese hueso”.

“No soy médico – le dije – ni curandero, sino que conozco ciertos remedios para algunas cosas que vuesas mercedes creen enfermedades y no son sino males, mas sí sé que habéis remedios para calmar el dolor. Ponedle uno desos remedios porque no sufra en sus horas postreras e antes de que pase. Sé habéis cumplido vuestra misión”.

E cuando salimos de allí, a la capilla de San Jorge fuimos a pedir fuese su tránsito poco penoso, e orando, me preguntó el hermano mayor:

“¿Cómo sabéis que va a morir por esta rotura?”.

“Cuando entréis mañana en el Hospital leed el lema, que no dice sino «Domus Pauperum Scala Coeli». Este hombre ha vivido en la casa de los pobres mas ya ha dado el primer paso para subir la escalera. No penéis, porque esto es lo que vais a ver aquí mientras entréis por esa puerta”.

E antes de las nueve y media, volvía yo para casa.

En Sevilla y a veinte y cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

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