as doce serían del medio día, cuando me dieron aviso al móvil:“¿Capitán? – dijo una voz que me era conoscida – Esta llamada es para hacerle una pequeña advertencia. Soy don Julio, de la escuela, por si no habéis conoscido mi voz”.
“Conoscida me era, mas no pensaba recebir llamada vuestra a estas horas – le dije preocupado -. ¿Acaso hay algún problema con los pequeños?”.
“No con su pequeño – contestó – que bien sabe lo que ha de hacer e lo cumple; mas hay en esta escuela un crío hijo de coronel del ejército que cree puede dominar a los demás e hanse enfrentado. Así, he llamado a este niño, de nombre Raúl, a mi despacho e veo es orgulloso hasta tal extremo, que incluso hame dado órdenes a mí. He hablado con su padre en urgencia (que no quería atenderme) e le he dicho me visite antes de que acabe el día, pues en esta escuela nadie da órdenes sino Dios Nuestro Señor y en la suya debería darlas él”.
“¿Hay daño del tal niño producido por el mío? – le pregunté con preocupación –. Marinín es niño harto tolerante e de mucho aguante, mas tiene un límite”.
“He aquí donde viene la advertencia – dijo –, que en la pelea que hubieron, Raúl golpeó a Marino e lleva herida en la frente: mas no preocupaos que también está advertido el padre de Raúl de que el niño será expulsado de la escuela durante dos semanas. E no quería yo os asustaseis al ver al vuestro. Por ventura, todo ha pasado”.
“Repito – le dije con paciencia –, si no es mucho estorbo, que si hay daño hecho al otro niño por el mío”.
Hubo una pieza de silencio e dijo luego:
“Capitán, (e mejor lo sabréis vos que yo) no vamos a medir agora la importancia de las heridas, sino quién incita al otro. Varios niños más han intervenido e todos tienen rasguños. Conozco ya bien a Marino e sé no quería entrar en lides, mas hubo de entrar. Si lo pensáis oportuno o lo creéis necesario, podríais venir a platicar conmigo, mas no veo yo tal asunto como batalla de Lepanto”.
“Gracias – terminé la plática – por avisarme desto, padre Julio, e advertid al padre del otro niño que si vuelve a tocarle un pelo al mío mediremos nosotros nuestras fuerzas”.
“No, vive Dios, Capit…”.
En Sevilla y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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