os mimbres del jardín estaban frescos e allí nos encontrábamos sentados los niños e yo a la hora de la siesta, e así dijo Fermín:“Puedo imaginar agora que las aguas fuesen rosas o el cielo verde. Con esto, se puede disfrutar de más de una clase de agua e otra de cielo. Pensad en que la hierba del jardín es roja; ¿os gustaría?”.
E contestó Marinín sin pensarlo mucho:
“Ya lo hago. Pienso en las cosas como me gustaría verlas en cada momento e disfruto de árboles azules, ríos violetas e otras cosas. E sin embargo, no dejan de ser de su color”.
“Así me parece – respondió Fermín – que siguen de su color mas podéis disfrutarlas de otro. Lo que no entiendo es por qué el aire no tiene color”.
“Porque no lo imagináis – dijo Marinín seguro -. Imaginadlo amarillo e todo se verá amarillo”.
Y en oyendo tal conversación le pregunté a los pequeños:
“E si no veis el aire ¿cómo sabéis existe?”.
“Pienso yo – dijo Marinín – que sabemos está ahí porque lo respiramos e sacando la mano por la ventanilla del coche os lleva la mano”.
“¿E vos? – le dije a Fermín -, ¿cómo sabéis existe si no lo veis?”.
E respondió seguro:
“¿Acaso no veis mueve la superficie de las aguas e las hojas de los árboles? Con eso sé que está ahí, aunque no lo vea”.
“En verdad os digo, pequeño – le razoné –, que mucho sabéis razonar e bien lo hacéis. Os enseñaría yo cosas que no las creeríais. E ya sabéis pendiente tenemos una demostración de lo que puedo hacer con mi espada: cortar el viento, elevar cosas a los aires… y algunas no tan agradables, mas que son necesarias a veces para sobrevivir”.
“¡Papá, dejadnos ver esas cosas que hacéis con vuestra espada”.
“El sonido que sibila cuando se mueve, es también señal de que existe el aire”.
En Grazalema y a once de septiembre del año de dos mil e seis.


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