02 septiembre, 2006

De cómo supe de la tristeza de Diego Jesús

o había empezado a caer la tarde aún, cuando entró Marinín como centella pidiendo alguna merienda por aguantar hasta la cena. Desta forma, le dije fuese a la cocina e pidiese a María aquello que le apeteciese. E advirtiendo que Diego Jesús había quedado solo en el jardín, pedí excusas e fuime a verle:

“Según veo – le dije – merienda no os apetece como a Marinín e, cuando se pierde el apetito e se tiene esa mirada que vos tenéis, hay algo que lo impide e tal vez no queráis yo lo sepa”.

Mas oyendo estas mis palabras, dijo el pequeño con la mirada perdida:

“Jugando estábamos en la calle Estrella cuando pasaron dos hombres e, sin detenerse, nos dijeron a entrambos que «alguien desaparecería» si yo no decía el secreto. Así, temo nos tomen a nosotros e nos lleven para que vos digáis ese secreto que escondéis”.

En oyendo esto, entré en cólera. Algo tenía que hacer, que estos hombres estaban dispuestos a jugar con otras vidas por encontrar mi secreto. Entré de priesa en la casa e dije no saliesen los niños a la calle para jugar en ningún momento, e que de vista no fuesen perdidos. En el jardín deberían estar hasta que yo diese la orden contraria, e siempre vigilados. Preguntando luego a Marinín si aquesto era cierto, me dijo:

“En la palabra desos hombres no creo e no seré yo quién hable secreto alguno, que tal secreto aún no se me ha confesado y en vos confío como no confío en nadie. Como precaución, he decidido no decir a Fermín aquí nos hallamos, aunque me gustaría haber su compaña”.

Así pues, volví al jardín e, tomando a Diego Jesús en mis brazos, le dije:

“Con el Capitán Alacaída estáis ¿Qué teméis? Nadie os va a llevar a parte alguna ni a haceros daño, que antes tomaré yo mi blanca e les sacaré las tripas e se las daré de comer a los buitres; e cosa tal ya la he hecho siendo menor la amenaza”.

Y echóse el pequeño a llorar desconsoladamente e pedía la presencia de su abuelo. Con esto, tomé la determinación de darle aviso a don Diego e que viniese a Grazalema; habría de asegurarle que a su nieto nada iba a ocurrirle.

Dentro de casi una hora, apareció allí don Diego e desto hablamos.

En Grazalema y a dos de septiembre del año de dos mil e seis.

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