07 septiembre, 2006

De cómo se trazó el plan en el desayuno

ubo de dar aviso don Diego a doña Montserrat de que restaría en casa un día más e la tal señora, según nuestro amigo, comenzó a sospechar que algún entuerto había que resolver.

Hicimos pues durante el desayuno un plan trazado para saber si el inspector, en apareciendo, sabía algo nuevo; de ser así, hubiérase enterado por don Fernando e pasaríamos a llevar a cabo otro trazado.

“Habría que narrar algo a este inspector – les dije -, que he imaginado es bien listo, le hiciera decir alguna cosa (no contada por nosotros) que nos asegurase hase enterado por el único medio que conoscemos, pues sólo don Fernando, según debería ser, conoce estas nuevas”.

“Extraño y enredoso trazado proponéis – dijo don Juan -. Vive dios, que si yo hubiese que coger a este mentiroso (Dios me perdone si no lo es), prepararía una trampa aún más fácil”.

“¿E tenéis alguna en mente? – preguntó Marcos –, pues muchas he pensado e todas tienen agujeros”.

“Algún detalle – continuó – acaso se me escapa, mas, si el capitán ha contado a don Fernando que ha vuelto la amnesia y se ha olvidado el secreto de la luenga vida e, posiblemente, ha dejado de ser eternamente joven, haría yo más visibles las heridas que aún tiene mi sobrino en su cuerpo. A decir verdad, un tanto raro veo no se hayan curado ya como otras veces, que milagroso parece. Mas… hagamos estas heridas más visibles, desta forma creerá el inspector el capitán ya no es el de antaño. Si sorprendiérase por verle maltrecho, sería señal de que don Fernando no le ha narrado cosa alguna; si estas heridas no le arrancan un gesto de admiración, es que lo sabe”.

“¿Y cómo pensáis hacer que tan evidentes se vean las heridas? – preguntó entonces Marcos –. Las de la cara se ven al primer vistazo; ¿e las otras?”.

“Bien habéis dicho vos mesmo – razonó Su Ilustrísima – que tomando el tiempo del vuelo a Sevilla desde León y el tiempo del viaje a Grazalema, llegará el inspector pasadas las doce. E a esas horas, es de suponer que todos estamos en el jardín disfrutando del día. Los niños han de estar en el agua, e nosotros sentados a la sombra tomando ya algún bocado, mas, aunque ya saben vuesas mercedes que no es muy de mi agrado – me miró por encima de las gafas –, desnudos habréis de estar ambos aunque se diga que no se baña el capitán por no ser apropiadas las aguas; y sobre la mesa, pondremos los medicamentos suyos e los míos e todo aquel que encontremos en la casa”.

“Desta forma – razonó don Diego – debería preguntar qué cosa ha pasado. Lo hará aún así lo sepa, que tonto me parece no es”.

“Exacto – replicó Su Ilustrísima – mas… imaginemos que ve en su cuerpo alguna otra herida que allí no debiese estar. Esa sí le llamaría la atención e preguntaría. Digamos… ¡unos arañones llamativos!”.

“¿Pensáis hacer más daño a mi papá? – preguntó Marinín casi asustado – ¿No iréis a hacerle más daño del que ya tiene?”.

“No, hijo, no – aclaró don Juan –, que bien me reservo unos secretos para simular heridas e, mezcladas con las verdaderas, más reales parecerán”.

“¡Todo este trazado me parece ridículo! – gritó Marcos levantándose de la mesa e golpeándola -. Preguntárale yo directamente, como si supiéramos lo sabe, cuándo le ha dicho don Fernando lo sucedido”.

“Un detalle se os escapa – apunté -. Constantina. Mis heridas se ficieron en aquel lugar e sólo tiene un método para saberlo; mi teléfono. Mas el teléfono restó en Sevilla”.

“Con estos datos – sugirió don Diego – no daría yo más vueltas al asunto, que en vez de tomar café paréceme ando con una buena ronda de licor. Dejemos que aparezca preparando esas heridas y las pláticas del jardín tal como ha dicho don Juan. Según se vea reacciona, actuemos”.

En Grazalema y a siete de septiembre del año de dos mil e seis.

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