ruje una campanilla para que se avisase de la hora del almuerzo, mas no estando Cayetano acostumbrado a tales usos, interrumpió nuestras pláticas para que pasásemos a la mesa del comedor (que comedor no hay, sino que todo está en una mesma sala).No quiero ponerme a contar agora a todos los asistentes, sino que además de Marcos e yo, estaban los cuatro niños, los abuelos rondeños, doña Dolores e Su Ilustrísima.
Puso el servicio una mesa como pocas veces había visto e le dije a don Juan la presidiese. Mucho murmullo se oía ya antes de que se trajesen los platos e, tosiendo fuerte intenté acallar las voces, mas viendo nadie dejaba de hablar, púseme en pié e dije:
“Señores, silencio y respeto que se va a bendecir la mesa”.
Todos callaron e comenzó al punto Su Ilustrísima a bendecir los alimentos, mas, antes de concluir, añadió alguna frase, pues aquella familia se hacía ya tan grande que pronto habría que cambiar la mesa por otra mayor; e aquesto le pareció buena señal e también dio gracias a Dios.
Terminadas las oraciones, se sirvió un delicioso cocido que por una «pringá» venía acompañado e, mientras las bocas estuvieron llenas, mucho silencio hubo, mas comenzando a servirse la «pringá», comenzaron también los murmullos. Parecióme ver un cierto disgusto en la cara de don Juan e, alzando la voz, les dije a todos:
“¿Saben vuesas mercedes que al igual que en la casa de Ronda aquí parece haber un fantasma?”.
E fue así que se hizo un silencio total; e todos comían y esperaban la continuación de mi historia. Seguí comiendo e les miraba con gesto de terminar lo que había comenzado a narrar. Llegados los postres, tomamos todos las servilletas e se pusieron luego sobre la mesa.
“Dice Marinín que en su cuarto hay un fantasma, pues donde hay aparecidos hace frío. ¡Quizá Grazalema esté llena dellos! Bienvenidos todos a esta casa de locos que espanta fantasmas”.
En Grazalema e a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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