a en la cama, le decía yo a Marcos que había hablado con mi sobrino, don Fernando, e que parecióme extraño cuando le dije mi situación actual de salud. Así pues, en vez de devolver esa extraña llamada del inspector, pregunréle si era posible ir a León a más velocidad, e así me dijo:“El viaje de aquí a Sevilla hay que hacerlo; el «ave» vuela a Madrid, mas desde allí a León hay un buen tramo e de muchas horas, vos lo sabéis ya”.
“Tal cosa sé – le aclaré – más ¿no podría el coche doblar su velocidad e llegar mucho antes?”.
Miróme Marcos con paciencia e dijo entonces:
“Más rápido de lo que pensáis puede ir nuestro coche, Marino, mas hay unas normas que deben cumplirse. Una dellas impide se viaje a velocidades muy grandes. Mas, si he de deciros otra posibilidad, podría yo mirar a qué hora puede embarcarse de Sevilla a León e sería así el viaje más rápido”.
“¿Embarcar de Sevilla a León? – le dije –. O hay agora ríos que no conozco y embarcaciones muy rápidas o me habláis desas que en vez de navegar vuelan”.
“De las que vuelan os hablo – respondió –. No sé por qué teméis embarcar en ellas, que mareo no producen y no hay vértigo en el vuelo”.
“Tomo lo dicho agora por vos como verdad – contesté –. Preparad ese vuelo a León e reservad como la otra vez la suite que tomamos en San Marcos, mas sabed, que si me hacéis pasar un mal viaje, un mal viaje os haré yo pasar a la vuelta”.
“Recordad – me dijo – que vuestro propio hijo voló en esas naves e contento fue luego a vuestro encuentro. No os engaño”.
“Así sea, pues – apunté – que en el tiempo más breve posible quiero estar en León y volver luego veloz porque no pierda Marinín sus estudios”.
“¿Dudáis agora - preguntó – del inspector leonés?”.
En Grazalema y a cinco de septiembre del año de dos mil e seis.


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