24 septiembre, 2006

De cómo preferían estar en un sitio o en otro

o llovía, mas estaba el día poco apacible para salir de paseo e decidimos restar en casa. Tornóse el salón en sala de reuniones de niños e mayores e todos ellos querían dar sus opiniones; e insinué no se hablase de lo ocurrido pocos días atrás. Así, se habló desde la fiesta de los toros en Ronda hasta la vuelta a la escuela de los pequeños. Y en esto estábamos, cuando dijo Diego Jesús:

“Así como hemos podido ir una semana más tarde, podrían ser dos, que juntos gozamos de la estancia en esta casa, que la de Sevilla es más bella e más lujosa, pero estaríamos todo el día en la escuela”.

E oyendo tal razón, le respondí:

“En la escuela conoceréis a nuevos amigos e os enseñarán cosas e luego, por la tarde, disfrutaréis de la casa e de todos vuestros juegos. Mejor que aquí estaremos”.

“Cierto es eso – contestó – que los tres estaremos juntos siempre, mas aquí ha de quedar Antonio hasta que volvamos a verle”.

“Antonio – le dije – disfrutará de vuestra compañía desde el viernes hasta el domingo; e os prometo (e no me gusta prometer) que pasaréis unos momentos muy bonitos, que pronto se acercan los fríos y se encenderá la chimenea. Mas esto no debe hacer dejemos de salir a ver e disfrutar de la naturaleza; e os llevaré a la Ribera e os contaré cosas nuevas que aún no sabéis”.

“Si papá lo dice – espetó Marinín – es porque ha de ser así. Asistiremos a la escuela durante la semana para aprender cosas e vendremos luego para el descanso. Así, podremos jugar también con Antonio. Haced los cálculos; no tenemos que asistir a la escuela sino cinco medios días e sin embargo, estaremos aquí tres días seguidos”.

“Así será – manifesté – que tanto de un sitio como de otro habréis de gozar. Tal vez conozcáis allí a nuevos amigos e no queráis venir”.

“Lo que vos digáis – dijo Su Ilustrísima – se hará, que a estos niños les soltáis mucho la correa. Ya sabéis a qué me refiero”.

“Lo que ellos decidan – dije – fuera de las horas de sus obligaciones, eso se hará”.

Con extrañeza, oímos la campanilla que nos llamaba a la cena.

En Grazalema y a veinte y cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.

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