16 septiembre, 2006

De cómo pasó Fermín a ser parte de la familia

entado en el regazo de su madre estuvo Fermín una buena pieza. Entrególe el regalo como si suyo fuera (así como le dije) e le dio consejo de ponerlo donde lo viese por saber siempre dónde estaba.

Entendía su madre lo que estaba ocurriendo y ello le hacía feliz, que su hijo necesitaba una educación especial que ella no podía darle, e levantándose luego a la hora de despedirnos, me llamó «capitán» e así le dije me llamase Marino (con don o sin él delante), e se sintió la mujer muy de contento.

Volvimos pues a la casa y, en entrando en ella, fuése Fermín a ver qué hablaban sus amigos con don Juan, que en juegos los tenía. E oíle llamarle tío Juan; e vi la cara de Su Ilustrísima cambiaba e a todos les hacía cosquillas e les hablaba cosas del Señor como en cuentos. Yo mesmo quedé oyendo una pieza e Marcos me tomó por la cintura e dijo:

“Os lo he adelantado, Marino; acabaréis, porque podéis, haciendo una gran familia.
Contad conmigo para ello”.

Así, e no siendo aún hora muy tardía aunque fresca, todos nos desnudamos (menos Su Ilustrísima) e saltamos a las aguas frías del jardín. Allí se sentó don Juan e pidió su bocado e su copa e disfrutó del baño tanto como nosotros.

El almuerzo fue especial, pues sabiendo María estaríamos allí dos días, preparó manjares del agrado de todos e, después de la obligada bendición de los alimentos, dijo don Juan:

“En cualesquiera otras cosas puede la Iglesia intervenir, pero no en deshacer la felicidad que veo e siento. Comed estos alimentos que Dios nos da e os volveréis hombres de provecho; usad la disciplina como medio para llegar a ser grandes e, si Dios os llama…”.

Y sonó en este momento mi móvil. Era don Francisco Ibarra e dijo sin saludo:

“¡Capitán, que este niño quiere comer!”.

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