omando el café estábamos en el salón, en la penumbra que impedía entrar al sol e refrescaba el aire de la sala sin «acondicionado» ninguno, cuando vino a mí Marinín llorando e incluso con grande enfado y, golpeándome en el pecho decía:“Vos, vos los habéis matado e ahí los habéis puesto. ¡Habéis sido vos!”.
E nos miramos todos con grande asombro por no saber a qué se refería, e siguió su regañina:
“Si matáis hombres, ¿cómo no los vais a matar a ellos?”.
“¡Hijo! – le dije al punto - ¿De qué cosa habláis que me parece me tomáis por criminal?”.
E llorando con gran rabieta, dijo:
“Vos habéis matado a mis pájaros y en el «congelador» los tenéis. ¡Confesadlo!”.
“¿Qué cosa decís, Marinín?, que no son esos sino codornices para la cena, según me ha dicho María”.
“Cadáveres de pájaros son. No me mintáis”.
“Bueno – le aclaré –, si al cuerpo muerto de un ave que está exquisita de comer en salsa le llamáis «cadáver»… Habríais de ver otras aves que más me gustaría verlas cadavéricas e no comerlas”.
E tomándole por el brazo, me levanté con grande enfado e ordené a Marcos preparase el coche. En la penumbra de la tarde grazalemeña, tomamos la carretera que sube al Puerto de las Palomas. Dejó el niño de llorar mas quedó mudo junto a Diego Jesús en el asiento de la parte de atrás del coche e con gran enfado.
Llegando ya a la parte donde empiezan los riscos, sabía yo había un gran nido de buitres e le dije con gravedad prestase atención a lo que iba a ver. En esto, sin que ninguno de nosotros lo esperásemos, levantó el vuelo un buitre leonado de más de un metro y medio de envergadura e lo vimos venir hacia el coche a toda priesa y en las sombras de las sierras. Fue tal el asombro de los pequeños al ver aquella ave, que no sabían qué decir, mas parecióme hubiesen comentado entre ellos espectáculo tan aterrador.
Llegados al puerto, varios kilómetros más arriba, dimos la vuelta en la llanura que sube al Puerto de la Mesa e tomamos la carretera abajo hasta el pueblo e no se oyó palabra.
Ya en la casa, salieron entrambos al jardín e narraban con asombro el tamaño del tal pájaro e cómo voló hacia nosotros como si devorarnos quisiera: “Me pareció iba a comerse el coche con todos dentro, dijo Diego Jesús”.
Así, cuando volvieron al salón y poco antes de la cena, le dije al pequeño:
“Si creéis que me dedico yo mesmo a la caza de aves para el buen yantar (decidlo a Su Ilustrísima), no volveré a traer codornices, sino que traeré alguno desos buitres que esta mesma tarde hemos visto. Quizá, en vez de comer nosotros una buena cena, daríanse ellos un apetitoso banquete”.
E viniendo corriendo hasta mí, me dijo:
“Ahora sé que no habéis sido vos; e también entiendo que algunos deben morir para que otros coman; mas prefiero las codornices”.
En Grazalema y a tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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